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Estudiar en China; mucho más que el idioma

Este texto es mi aportación al libro “China en mis ojos”, donde varios españoles contamos nuestras experiencias como estudiantes en China durante los últimos 40 años. En Xinhua tienes más información sobre este libro recientemente presentado en Madrid.

Dos estudiantes chinas en la Universidad de Pekín [FOTO: Daniel Méndez]
Dos estudiantes chinas en la Universidad de Pekín [FOTO: Daniel Méndez]

 

“Tingxie”, “kaoshi”, “nuli xuexi”. Las palabras al principio parecían extrañas, pero en muy poco tiempo uno ya estaba acostumbrado al ritmo de la universidad. El idioma chino tiene la facilidad de expresar con pocas sílabas muchos significados. “Dictado”, “examen”, “estudiar duro”. Aunque por suerte hubo mucho más durante los dos años que pasé en la Universida de Pekín, lo cierto es que esas fueron algunas de las primeras palabras que aprendí y son las que mejor resumen mis primeras semanas en el campus.

Recuerdo atravesar con mi maleta la puerta de la Universidad de Pekín, como muchos otros compañeros, con los nervios y la emoción de llegar a un lugar nuevo donde no conocía a nadie. Era el 6 de septiembre de 2007 y el campus tenía el aire típico de los agradables días de otoño: las hojas amarillas esparcidas por el suelo, el cielo despejado y las anaranjadas puestas de sol para poner fin a los días.

Con la perspectiva que da el tiempo, si tuviera que dar un consejo a alguien que está a punto de llegar al país para estudiar chino, como hice yo, sería el siguiente: “no te preocupes tanto”. Antes de poner un pie en Pekín, casi todos los extranjeros llevamos con nosotros una maleta de prejuicios y estereotipos que poco a poco se irán cayendo por su propio peso. En general, China es mucho más amigable y sencillo de lo que parece. Especialmente si a lo que vas es a aprender el idioma.

Eso no quiere decir que el país no esté lleno de pequeños retos diarios y enormes desafíos a largo plazo. Durante mis primeros meses en Pekín, escribí un artículo que se titulaba “Volver a la guardería”. Porque así era como me sentía. De repente, la mayoría de cosas que había aprendido en occidente no me servían para casi nada. Pedir comida en un restaurante podía convertirse en una tarea de una docena de minutos; llegar al centro de la ciudad, en una época en la que el metro era mucho más limitado, era casi una misión imposible. Ni siquiera mi nombre, con el que todos mis amigos me habían conocido en Europa, servía en mi nuevo país: pasé de llamarme Daniel a llamarme Mengda (孟达).

Aunque iba preparado para hacer todo lo posible por aprender chino, si soy del todo sincero he de reconocer que nunca pensé que iba a estudiar tanto. El curso intensivo del que yo participé, financiado por la Fundación ICO, consistía en cuatro horas de clase al día. Pero la verdad es que eso era lo de menos. Después de la universidad tocaba hacer los deberes, repasar una y otra vez los caracteres, quedar con los compañeros para practicar los diálogos o hacer intercambios con los estudiantes chinos. Al final del día, de la semana o del mes, uno caía en la cuenta de que había hecho poco más que estudiar el idioma. Y los resultados tardaban en llegar.

Una de las cosas que los occidentales tardamos más tiempo en darnos cuenta es la naturaleza del idioma chino y las dificultades de su aprendizaje. Algunos sinólogos dicen que hay que tomárselo como una carrera: aprender chino de verdad es algo así como ser ingeniero o arquitecto. No merece la pena compararlo con el inglés, el francés o el alemán, porque con todos estos idiomas tenemos unos nexos en común que no existen con el chino. Con éste, un poquito de comprensión, lectura y conversación implican muchas horas de estudio. Todo esto uno lo va aprendiendo poco a poco y sobre la marcha, cuando después de decenas de “tingxie”, “kaoshi” y “nuli xuexi” uno todavía tiene problemas para pedir una Coca-Cola en un puesto callejero.

Recuerdo que en mis primeras clases en la universidad, una profesora nos dio un consejo mágico: “duo ting, duo shuo, bu pa chu cuo (多听多说, 不怕出错)”. Es decir: “escuchar mucho, hablar mucho y no tener miedo a cometer errores”. Yo me apliqué la lección he hice todo lo posible por seguir sus instrucciones. Aunque no entendiera nada, todas las mañanas me ponía la radio en chino; incluso si cometía cuatro errores en cada frase, me empeñé en utilizar el idioma en todas las situaciones posibles. Cuando algún amigo chino quería hablar en inglés, le decía educamente que yo era español y no conocía ese idioma. Todos los métodos eran legítimos con tal de “duoting” y “duoshuo”.

Además de esa regla de oro, que se puede aplicar a todos los idiomas, yo añadiría un consejo específico para el chino: “no te obsesiones con los caracteres, obsesiónate con los tonos”. Estas dos son las grandes particularidades del idioma, pero gracias a los programas de software (tanto para ordenador como para teléfonos móviles), lo cierto es que escribir caracteres ha dejado de ser tan importante. Por otro lado, con los tonos no hay solución mágica y los extranjeros (y especialmente los españoles) tendemos a no hacer el suficiente hincapié en ellos.

A los pocos días de estar en Beijing, por ejemplo, fui a un centro comercial para comprar saldo para mi teléfono móvil. Como mi vocabulario por aquel entonces era muy limitado, fui acompañado de mi diccionario electrónico y una ciega confianza en mi capacidad gestual. Con el celular en la mano, le intenté decir a la dependienta que quería “comprar” (mǎi​). Por supuesto, no entendí su respuesta en chino, y al poco rato otros cinco o seis dependientes se acercaron para intentar averiguar qué es lo que quería este “laowai” (extranjero) despistado. Para ellos, lo que yo estaba diciendo es que quería “vender” (mài – en cuarto tono y no en segundo tono- ) mi teléfono móvil. Por poco estuve a punto de perderlo. Y además por unos pocos yuanes.

Aunque la anécdota pasó hace siete años, todavía hoy, después de muchas más horas de estudio, práctica en la vida diaria y el título HSK-6, mi principal y omnipresente problema sigue siendo los tonos. Todavía hoy cometo errores que provocan risa tras risa en mis interlocutores chinos. Si tuviera que volver a empezar a estudiar chino, empezaría, continuaría y finalizaría con los tonos.

La Universidad y la vida en el campus ofrecen por suerte muchos otros alicientes a parte del chino. Para mí, el principal fue compartir experiencias, debates y comidas con otros universitarios chinos. En el país asiático les llaman la generación nacida en los 80 (balinghou) y ésta es una etiqueta con la que yo, nacido en 1982, también me identifiqué fácilmente. Después de tantos mitos en torno a cómo son los chinos y cuán diferentes son sus valores, lo cierto es que yo me sentí siempre muy a gusto con estos jóvenes, modernos y urbanitas universitarios chinos. Ellos fueron en muchos sentidos mi puerta de entrada a la vida y la cultura del país, y ellos fueron los causantes de que mi chino fuera mejorando poco a poco y de que me sintiera tan a gusto en China desde los primeros días.

Si lo comparo con la gente que ha ido a trabajar a China, yo creo que aquellos que hemos ido a estudiar al país asiático hemos desarrollado un cariño mucho más profundo por el país y casi siempre hemos sabido adaptarnos mejor a las condiciones de vida en Beijing. Muchos expatriados llegan a China con obligaciones familiares y presión por parte de la empresa, sin tiempo para aprender el idioma y con un contacto muy escaso (y casi siempre profesional) con los locales. Los que hemos ido a aprender chino, sin embargo, solemos ser jóvenes solteros con más ganas de conocer la cultura china y de integrarnos en el país. Estoy hablando en términos generales, pero creo que aquellos que hemos estudiado en una universidad china podemos llegar a ser los mejores embadores del país en nuestra vuelta a Europa. Los vínculos personales y afectivos que se crean suelen ser mucho más fuertes.

Mis compañeros en la universidad fueron también la mejor puerta para salir de la capital china y conocer el resto del país. De hecho, la Universidad de Pekín es una mezcla muy interesante de estudiantes venidos de todas las regiones de China, cada uno de ellos con sus propias costumbres, platos preferidos y acentos. Sólo con prestar atención uno puede darse cuenta de esas diferencias y comprender muchas de las variantes regionales gracias a los amigos de Guangzhou, Gansu, Henan o Zhejiang.

En mi caso, una de las experiencias más gratificantes fue cuando mi amiga Xiao Miao me invitó a pasar el Año Nuevo Chino con su familia en un remoto pueblo de la provincia de Yunnan. En casa de su abuela materna, con un enorme patio interior y un pequeño altar para rendir culto a los ancestros, nos reunimos una veintena de personas para dar la bienvenida al año nuevo. Con los más pequeños de la familia pude ayudar a colocar en las puertas las tiras para recibir el Festival de Primavera (en chino, 春联); con los mayores tomé incontables vasos de baijiu (白酒); y con los más jóvenes disparamos petardos y fuegos artificiales toda la noche. Fue una celebración que la familia de mi amiga Xiao Miao repite todos los años sin prestarle demasiada atención, pero para mí fue una experiencia única que nunca olvidaré.

Fue por vivencias como esta que, para mí, la gran experiencia de aprender chino no estuvo en el idioma en sí, sino en las numerosas puertas que se te abren cuando lo hablas. En Europa, la gente suele relacionar el hablar chino con conseguir un buen puesto de trabajo. Para mí, la mayor satisfacción siempre fue a nivel personal: poder charlar con los compañeros chinos, poder tomar una asignatura de historia contemporánea, poder ver sus series de televisión, poder formar parte del día a día en Beijing. De todas las experiencias que he vivido en mis siete años en el país, creo que me quedo con esa: con el vínculo personal y afectivo que se creó en mis primeros años en la universidad y que ha continuado desde entonces.

Mis dos años en la Universidad de Pekín fueron tan intensos y emocionantes que me dieron pie a escribir un breve libro. Lo titulé “Universitario en China. Así son los futuros líderes del país” y pretendía resumir, desde un punto de vista periodístico, algunas de las sensaciones que había tenido durante esos dos años. Para mí, aquellos jóvenes nacidos en los 80 mostraban perfectamente los cambios que había experimentado el país en los últimos 30 años: eran pragmáticos y laboriosos, soñaban con trabajar para una multinacional o una gran empresa estatal, aprender inglés y pasar a formar parte de las crecientes clases medias chinas.

A modo de resumen, hubo tres cosas que me sorprendieron de estos universitarios chinos. Primero, frente a lo que yo había pensado, estos jóvenes estaban deseosos por aprender del extranjero, por estudiar en Estados Unidos y por hablar inglés. Si China muchas veces es presentado como un país cerrado al extranjero, la verdad es que mi conclusión fue que “ellos saben mucho más sobre nosotros de lo que nosotros sabemos sobre ellos”.

Segundo, su fascinación por la tecnología y su confianza en el futuro. Si muchos estudiantes españoles todavía consideran que un “teléfono móvil es fundamentalmente para llamar”, los jóvenes con los que yo me encontré resultaron estar fascinados por internet y dispuestos a casi todo con tal de comprar un smartphone. Al menos en este sentido, frente a lo que muchos europeos puedan pensar, los chinos son bastante más modernos.

Y tercero, la capacidad de esfuerzo y sacrificio de los estudiantes chinos. Si bien en Europa y Estados Unidos se tiende a construir relatos sobre la creatividad y el talento, lo que yo me encontré en China fueron muchos estudiantes dispuestos a pasarse horas y horas encerrados en la biblioteca; personas capaces de memorizar párrafos enteros de un texto o eternas listas de vocabulario; universitarios que dejaban de salir un sábado por la noche para poder preparar mejor el examen de la semana siguiente. La capacidad de sacrificio y esfuerzo de estos jóvenes, comparada con el hedonismo y el carpe diem de muchos universitarios en Europa, fue uno de los choques culturales más interesantes que tuve durante mi estancia en la Universidad de Pekín.

He de reconocer que en mi caso personal yo iba preparado para poder disfrutar de la experiencia. Desde dos años antes de vivir en Beijing, había realizado en Madrid y París la carrera de Estudios de Asia Oriental, donde además de estudiar chino (con poco éxito, dicho sea de paso), tomé también asignaturas de historia, arte, negocios, cine y literatura. En el verano de 2006 había pasado un mes entero viajando por las regiones de Shanghai, Zhejiang, Anhui, Henan y Beijing. En cierto sentido, mi compromiso con China ya había empezado antes.

A nivel profesional, mi experiencia en la Universidad de Pekín podría considerarse como la base sobre la que he construido mi carrera en los años siguientes. Como periodista, el dominio del idioma me convirtió en cierto sentido en un reportero con un perfil diferente, con puntos de vista distintos a los de otros periodistas europeos; y sobre todo me dio la ventaja de poder leer las noticias de los medios locales y realizar entrevistas sin intérpretes, una habilidad por desgracia no muy valorada en los medios españoles, pero sí en la prensa internacional.

Al abandonar la Universidad de Pekín, a los pocos meses conseguí un puesto de trabajo en el canal en español de la Televisión Central de China (CCTV). Al mismo tiempo, seguí manteniendo algunas de mis colaboraciones con medios españoles. En marzo de 2010 comencé mi propio proyecto periodístico digital: ZaiChina (http://zaichina.net), una página web especializada en la actualidad del país asiático que durante los últimos cuatro años se ha convertido en referencia de la información alternativa e independiente sobre China.

ZaiChina es un proyecto que no se entiende (y que no hubiera sido posible) sin mi paso por la Universidad de Pekín. Durante mi estancia en el campus, me di cuenta de que los chinos veían su país (historia, economía, cultura, política…) de una forma radicalmente distinta a como se suele presentar en los medios occidentales. Uno no siempre tiene que estar de acuerdo con su forma de entender la vida, la historia o la política, pero había ahí una serie de narrativas y discursos que me parecía interesante dar a conocer. ZaiChina fue (y sigue siendo) mi intento periodístico por ofrecer una China más cercana a los chinos y más pegada a las realidades que se viven en el día a día en el país. También es mi intento por abrir el abanico de temas de debate sobre China, introduciendo más cuestiones sobre el intercambio cultural, el mundo tecnológico (Alibaba, Sina Weibo, WeChat…), la educación o la cultura popular (series de televisión, música, cine…).

De todas las secciones que hemos abierto en ZaiChina (donde han publicado artículos otras 19 personas), una de las que más éxito ha tenido ha sido nuestro diccionario de chino contemporáneo sobre la realidad política, social y económica del país. Se trataba precisamente de utilizar el idioma para presentar algunos términos modernos de muy difícil traducción pero que son fundamentales para comprender el país. Entre otros muchos temas, hemos hablado de conceptos sociales como “las amantes” (小三), los “altos, guapos y ricos” (高帅富), los “pringados” (屌丝), la “armonía” (和谐), los “funcionarios desnudos” (裸官) o el “Partido de los 50 céntimos” (五毛党). Una gran variedad de temas e ideas que, una vez más, hubieran sido imposibles sin mi paso por la Universidad de Pekín.

Para mí, lo que algunos llaman “la experiencia China” (pasar unos años en el país y luego volver a casa) se ha convertido en “mi vida China”. O al menos así ha sido durante los últimos siete años. Aunque ahora me encuentro viajando y estoy dispuesto a vivir prácticamente en cualquier lugar del mundo, estoy seguro de que de una forma u otra siempre mantendré ese vínculo con China que comenzó en septiembre de 2007.

Todavía hoy, recuerdo perfectamente llegar al Edificio de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pekín y tomar una foto que pasaría a formar parte de mi carnet universitario. Eran aquellos primeros días de sorpresas y emociones (e incontables papeleos también) en un campus cuyos rincones conocería tan bien durante los siguientes dos años. Todavía hoy, guardo como oro en paño aquel carnet en el que aparezco mucho más joven e inocente. Así empezó mi andadura en una universidad china; una experiencia que cambiaría mi vida para siempre.

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4 Comments

  1. Humberto Vasquez

    Amigo me dejas sin palabras.
    La verdad es que en estos últimos años había tenido la inquietud de ir a estudiar el idioma en china. Al continuar leyendo tu trabajo me di cuenta que es casi como yo lo había imaginado.
    Definitivamente haré mi mayor esfuerzo para estudiar en ese gran país

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  2. Humberto Vasquez

    Conoci varios compañeros Chinos en la escuela estudiando Ingles y realize vinculos especiales con ellos. Y en estos últimos días la inquietud de conocer y estudiar en China a sido mayor. Tengo 23 años soy de Estados Unidos pero mi primer idioma es el español y leyendo tu escrito definitivamente me acabo de inspirar para decidirme a la aventura.

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  3. Aria

    Hola! He dado esta mañana con tu blog y me he leído ya unos cuantos post y la verdad es que te felicito y doy las gracias por tus consejos y por el contenido que tienes en general, me gusta mucho.
    El año pasado empecé a estudiar chino y hace poco he decidido que me voy a ir allí a estudiar el idioma en una Universidad. Empiezo en Febrero y muero de ganas. Además voy con una amiga que también lleva un poco más que yo estudiando. Realmente no tengo nada que preguntare porque ya lo he leído en tu blog jajaj. Pero me hacía ilusión compartir mi emoción.
    Espero que sigas con el blog! Un saludo!

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  4. Aria

    Bueno ahora que lo pienso sí que tengo algo que preguntarte que se me olvidaba. Decirte que voy a Shantou. ¿Tienes algo de información sobre esta ciudad en concreto?

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