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Las dos chinas

Este artículo fue escrito para el Centro de Estudios Latinoamericanos sobre China (CELC), con sede en Chile.

Cuando en noviembre de 2013 el tifón Haiyan arrasó varias islas de Filipinas, el mundo entero quedó conmovido por la catástrofe. Unas 6.000 personas fallecieron durante la crisis humanitaria, mientras el país se enfrentaba a importantes problemas logísticos a la hora de rescatar, alojar y suministrar comida y agua a los damnificados. Muy pronto comenzaron a llegar las donaciones internacionales para intentar paliar la catástrofe: Australia anunció una ayuda de 22 millones de dólares, Estados Unidos de 20 y Japón de 10. La respuesta de China, la mayor economía de Asia, se quedó sin embargo en una modesta donación de menos de 2 millones de dólares.

Esta “tacaña” reacción de Pekín trajo consigo una oleada de críticas por parte de varios especialistas en relaciones internacionales. Siendo la segunda economía del mundo, ¿no podía China hacer algo más? ¿No debía la gran potencia asiática mostrar mayor solidaridad con sus vecinos filipinos? “Esta es una muestra de la estrechez de miras de China”, explicaba a la agencia Associated Press Steve Tsang, profesor de la Universidad de Nottingham. “China exige respeto, así que otros países le tienen miedo, pero no le quieren”, decía en relación a las disputas políticas y territoriales que Pekín y Manila han mantenido durante los últimos años.

Frente a esta visión desde Estados Unidos, Europa y otras naciones asiáticas, el gobierno chino se encontró en su país con la reacción contraria: una dura crítica por haber entregado tanto dinero a Filipinas. Los internautas y medios de comunicación consideraron que China, un país todavía en vías de desarrollo y con amplias necesidades a lo largo y ancho del país, no debía haber donado ni un yuan. “¡Me opongo a donar dinero Filipinas!”, exclamaba un internauta en Sina Weibo, una red social similar a Twitter. “¡En China todavía hay tanta gente que no tiene para comer! ¿Por qué no se soluciona eso antes?”, se preguntaba otro usuario, que resumía en unas pocas líneas lo que parecía ser la opinión mayoritaria entre la sociedad china.

Este ejemplo con Filipinas es tan sólo una muestra de las distintas percepciones que sobre China existen dentro y fuera del país. Lo que en el extranjero se define como una política exterior arrogante, por ejemplo, en China se puede considerar una actuación insuficiente para defender los intereses de la nación. Si el presupuesto militar chino siempre genera desconfianza en Occidente, lo cierto es que a los chinos les parece casi siempre poca cosa y les preocupa mucho más la presencia militar de Estados Unidos en toda Asia. Se trata de una dualidad constante en la que aparecen retratadas dos Chinas irreconciliables e incomprensibles, como si las dos partes estuvieran hablando de dos países distintos.

En algunos casos, como muestra el caso de la donación a Filipinas, estas distintas percepciones se explican por una doble condición de China que hace muy difícil su clasificación: la de ser una superpotencia todavía en vías de desarrollo. Por un lado, el país asiático se ha convertido en una gran potencia económica, es el primer actor comercial mundial y sus productos se pueden encontrar en los cinco continentes. A eso se une que China es una potencia nuclear, tiene derecho de veto en el Consejo de Naciones Unidas y es el país más poblado de la tierra. Se trata sin duda de una gran potencia en el sentido tradicional del término, y esta es la visión que ha calado con más fuerza entre la opinión pública occidental.

A pesar de esa realidad objetiva, el país todavía está considerado como una nación en desarrollo. Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del año 2013, China se encuentra en el puesto 101, por detrás de países como Argelia, República Dominicana o Jordania. Sus condiciones de salud, educación o infraestructuras todavía están muy lejos de los países desarrollados. Puede que China tenga en términos globales mayor Producto Interior Bruto que Alemania, Francia, España o Japón, pero las condiciones de vida en las que crecen sus habitantes son todavía muy inferiores a las del resto de grandes potencias mundiales. Esta es la difícil realidad a la que se enfrentan la mayoría de chinos, y la que conforma su visión general del país.

En su libro China: Fragile Superpower (China, una frágil superpotencia), la estadounidense Susan L. Shirk explicaba muy bien esta diferente interpretación entre los extranjeros y los chinos. Cuando hablaba con sus amigos estadounidenses y les comentaba que estaba escribiendo un libro bajo el título China, una frágil superpotencia, casi todos ellos respondían: “Mmm, ¿qué quieres decir con frágil?”. Cuando se lo explicaba a sus conocidos chinos, sin embargo, la pregunta casi siempre cambiaba de dirección: “¿Qué quieres decir con superpotencia?”.

Un vistazo a Google y Baidu, los buscadores por excelencia en el mundo occidental y en China, sirve para mostrar cómo esta realidad se extiende también a pie de calle y a los aspectos más triviales. Si utilizamos el sistema de sugerencias automáticas de Google en español (basado en el comportamiento de millones de internautas) y escribimos la expresión “China es…”, el buscador nos ofrece las siguientes opciones: “China es… comunista”, “China es… un país”, “China es… una dictadura” y “China es… capitalista”. Si nos vamos al terreno de las personas y escribimos “los chinos son…”, entonces nos encontramos con propuestas como “los chinos son… extraterrestes”, “los chinos son… racistas”, “los chinos son… inteligentes” y “los chinos son… sucios”.

Baidu, que en este sencillo experimento representaría a los internautas chinos, muestra una imagen del país muy distinta. Cuando comenzamos con la frase “China es un…”, algunas de las sugerencias para terminarla son: “China es un… país agrícola”, “China es un… país con una tradición cultural de 5.000 años” o “China es un… país con muchas nacionalidades”. Algunos de estos conceptos forman parte del ADN del país, pero a muy pocos en Occidente se les vienen a la cabeza cuando piensan en China.

Los ejemplos podrían extenderse a muchos otros ámbitos. Para el occidental medio, el Año Nuevo Chino suele imaginarse como un exótico desfile de dragones de colores por las calles, acompañado de música rimbombante; mientras, para la mayoría de chinos, que denominan a la celebración Festival de Primavera, se trata sencillamente de volver a casa y pasar tiempo con la familia.

Otro ejemplo: en el imaginario colectivo occidental, China ha sido durante décadas un lugar tranquilo y reposado, donde las personas practican taiji y se dedican a cultivar su espíritu; en la actualidad, los chinos tienen la idea contraria de su país, un lugar poblado de enormes ciudades de más de cinco millones de habitantes donde todo se mueve a velocidad de vértigo.

En realidad, esta doble visión sobre el país asiático no es nueva (ni es única de China, por supuesto). Aunque los europeos contaron durante siglos con grandes intelectuales para analizar la realidad china (el más conocido de todos Matteo Ricci), con el paso del tiempo los discursos se volvieron más interesados. Si en el siglo XVIII China era descrita por los intelectuales franceses, entre ellos Voltaire, como el paraíso de la meritocracia y el buen gobierno, en el XIX el país se veía reducido por Hegel y Marx a un mundo anticuado e inmóvil. “En realidad, europeos y norteamericanos hemos tendido a lo largo de los siglos a inventarnos a China a nuestro antojo, a proyectar en ella lo que hemos querido ver sin necesidad de mentir demasiado”, resumía el sinólogo Manuel Ollé en su libro Made in China.

Este tipo de exageraciones sobre China han llegado con nosotros hasta el siglo XXI. También en la actualidad, el discurso sobre el país es frecuentemente presentado a grosso modo y de forma maniquea: China es a veces el modelo de desarrollo y éxito económico que otros países deberían imitar, mientras que en otros casos es una nueva y soberbia potencia que quiere conquistar el planeta. Parece como si no hubiera término medio. “Todo aquello que está lejano parece simple”, explica el historiador Jacques Garnet en su famoso libro El mundo chino.

En el caso de América Latina, China aparece como un país todavía más lejano. Las informaciones sobre este país son casi siempre filtradas por las agencias de prensa, medios de comunicación y think tanks con sede en Europa y Estados Unidos, lo que provoca una distorsión todavía más extravagante. Sin tantos intermediarios, es problable que los latinoamericanos se dieran cuenta de que China se parece bastante más a sus países de lo que habían imaginado.

Por otro lado, la visión de China sobre sí misma, que no es única sino variada y compleja, tampoco está exenta de riesgos y fantasías. La manipulación histórica, la propaganda y la censura de intelectuales y medios de comunicación han creado una identidad nacional que sería considerablemente diferente bajo otras circunstancias. En muchas ocasiones, los chinos tienen una visión de los occidentales tan estereotipada como sucede a la inversa. En un ámbito más nacional, por ejemplo, la manipulación histórica es evidente cuando se denuncian todos los días en los medios de comunicación los crímenes que el imperialismo japonés cometió en China, pero los dramas del Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural se esconden debajo de la alfombra.

En medio de este caos de discursos enfrentados, no resulta fácil hacerse una idea exacta de lo que China es y representa para el mundo. La doble perspectiva occidental / china está basada en profundas diferencias históricas, políticas y culturales, que desembocan a su vez en distintas interpretaciones. Sólo acercando esos dos mundos, poniéndose en el lugar del otro, se puede intentar reducir esa brecha. Tal vez así, algún día, Google y Baidu se pongan de acuerdo.

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Acerca de Daniel Méndez

Daniel Méndez es el creador y director de ZaiChina. Licenciado en Periodismo y Estudios de Asia Oriental, colabora desde Pekín con varios medios de comunicación (entre ellos El Confidencial, Radio Francia Internacional, El Tiempo y EsGlobal) y es el autor del libro "Universitario en China. Así son los futuros líderes del país". Es profesor asociado de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde ha impartido el curso "Información, medios de comunicación e Internet en la China actual". [Más artículos de Daniel Méndez]

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