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72 horas en Pyongyang: así es el día a día en Corea del Norte

Este artículo ha sido publicado anteriormente en El Confidencial.

Niños en una escuela de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)
Niños en una escuela de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)

 

Los norcoreanos no tienen muchos problemas para elegir vestuario por las mañanas. Los niños acuden a clase con camisas blancas y pantalones de color negro (faldas para las niñas); los funcionarios casi siempre visten de azul y gris, y los militares utilizan el tradicional verde caqui. En julio y agosto las precipitaciones son frecuentes en Pyongyang, así que es el momento de sacar las coloridas botas de goma del armario. Aun así, la sociedad norcoreana parece dividida en unos pocos uniformes.

Hoy sin embargo es un día especial en Corea del Norte: el 27 de julio es el aniversario del armisticio firmado en 1953 que supuso “la victoria” contra Corea del Sur. Las calles están llenas de banderas nacionales y las mujeres se ponen el tradicional traje coreano, que añade color a las filas de ciudadanos que rinden culto a Kim Il-sung y Kim Jong-il a lo largo y ancho del país.

Como la mayoría de fiestas de Corea del Norte, la del 27 de julio también es política. Por las avenidas de Pyongyang circulan furgonetas con grandes altavoces que proclaman la lucha “contra los imperialistas yanquis” y “la unificación de la península coreana”. En estos eventos las sesiones políticas obligatorias pasan a ser todavía más importantes y la televisión vive otro gran episodio de patriotismo y euforia que se puede sentir lejos de la capital. “Incluso en Sepo, que es un pastizal bastante miserable en el este del país, tienen una fiesta para celebrar la victoria. Es una gran fiesta nacional, y lo primero y más importante… es agradable tener un día de vacaciones”, explica Adam Catchart, profesor de la Universidad de Leeds y director de la página web SinoNK, especializada en Corea del Norte.

Muchos agradecen el respiro porque, entre otras cosas, llegar al trabajo es uno de los muchos quebraderos de cabeza a los que tienen que enfrentarse los ciudadanos de Pyongyang. Una de las escenas más típicas de la capital norcoreana es la de largas y ordenadas colas para subirse al autobús. Aunque en la actualidad es frecuente ver modernos coches por las calles, el transporte público todavía corre a cuenta de viejos tranvías y autobuses, muchos de ellos comprados de segunda mano en la antigua Alemania del Este, Praga y Zúrich. Estos vehículos suelen llevar estrellas rojas en el exterior y cada una de ellas equivale a 10.000 viajes. En el centro, junto al majestuoso arco de triunfo, uno de los autobuses que va repleto de pasajeros lleva consigo 37 estrellas.

Esperando al autobús en Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)
Esperando al autobús en Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)

 

Una vez en el trabajo, los norcoreanos no son precisamente los más estresados del mundo. Según la mayoría de expertos y los propios refugiados que han abandonado el país, gran parte de la industria está paralizada (entre otras cosas, por falta de electricidad) y los funcionarios se han convertido en expertos en calentar sillas. Todo el mundo, sin embargo, llega puntual a su puesto, que es el que determina las raciones de comida, la vivienda y la educación de toda la familia.

Mucho más ocupadas están las mujeres norcoreanas. Con sus maridos obligados a acudir a la oficina o la fábrica, son ellas las que se encargan de hacer uso de los cupones del Estado y sobre todo de comerciar en los mercados informales que se han extendido desde los años 90 por todo el país. Aunque la actividad se supone que es ilegal, en los últimos años el Estado parece haber asumido la situación. Actualmente, según los cálculos citados por el especialista Andrei Lankov, en torno al 75% de los ingresos de los norcoreanos proviene del sector privado. La mayoría se explica por la existencia de los denominados “mercados de ranas”, que reciben su nombre debido a los “saltos” que las mujeres dan de un sitio a otro a medida que aparece la policía.

Las mujeres norcoreanas no lo tienen mucho más fácil en el hogar. “Los hombres van al trabajo y luego vuelven a casa. ¿Y qué hacen después? Se sientan a ver la televisión. Las mujeres todavía tenemos que cocinar, lavar la ropa y limpiar la casa”, se queja una joven en Pyongyang. El problema no acaba ahí: los hombres también son grandes amantes del tabaco y el alcohol, y en los parques y a las puertas de los edificios las cervezas Taedonggang y los cigarrillos elaborados por la empresa Daesung son no sólo el pasatiempo masculino preferido, sino también el objeto más importante para conseguir favores.

En este 27 de julio, Pyongyang ofrece su mejor cara. De hecho, la limpieza de las calles, el colorido de los vestidos tradicionales, las amplias avenidas, el frecuente tráfico de coches y los grandes bloques de viviendas dan una imagen del país muy distinta a la que uno se pudiera imaginar desde fuera. Algunas lámparas de la ciudad incluso funcionan con placas solares, un símbolo de modernidad que también se puede ver en las ventanas de las casas de Kaesong y en otras pequeñas ciudades norcoreanas.

Vistas del centro de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)
Vistas del centro de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)

Placas solares en el alumbrado público de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)
Placas solares en el alumbrado público de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)

 

El problema, sin embargo, es que la capital norcoreana está considerada como un escaparate de los más privilegiados y fieles al Gobierno. Pyongyang está rodeado por check-points militares que controlan la entrada y la salida. Casi todos están formados por pequeñas casetas custodiadas por un joven militar con un uniforme un par de tallas más grandes que él y una metralleta a la espalda. Por ahí solo pueden pasar los algo más de 3 millones de norcoreanos (de un total de 24) que cuentan con el privilegio de residir en la capital.

Incluso en el interior de las casas de la urbe, los ciudadanos se enfrentan a menudo con problemas de agua y electricidad. Aunque la situación parece haber mejorado en los últimos años, según el censo de 2008 sólo el 55% de los norcoreanos tenía acceso a un retrete con cisterna. En los gélidos y largos inviernos las casas no cuentan con calefacción, por lo que la solución pasa por irse a la cama con varias capas de ropa. Las duchas se toman en baños comunales y es frecuente hacerlo con agua fría, por lo que trabajar en las embajadas occidentales (donde sí hay agua caliente) es un privilegio muy ansiado por los funcionarios de Pyongyang, como explica en su libro John Everard, embajador del Reino Unido en Corea del Norte entre 2006 y 2008.

La electricidad es sin duda uno de los tesoros más preciados del país. El propio Kim Jong-un suele hacer proclamas sobre la necesidad de no desperdiciar ni un solo vatio. Aunque depende de la ciudad, los cortes de electricidad son frecuentes, y la luz abandona las calles de Pyongyang en cuanto cae la noche. Las placas solares en las viviendas parecen servir precisamente para aliviar este problema: aquellos que cuentan con dinero o pueden pasar a la frontera con China aprovechan para comprar este reciente objeto de lujo y aumentar la disponibilidad de vatios de su casa.

Uno de los grandes bloques de edificios de la capital norcoreana (FOTO: Daniel Méndez)
Uno de los grandes bloques de edificios de la capital norcoreana (FOTO: Daniel Méndez)
La electricidad también puede tener implicaciones políticas más peligrosas para las familias. Como cuenta John Everard, uno de los temores de los norcoreanos es que se vaya la luz mientras están viendo un DVD surcoreano. En estos casos, el DVD no se puede expulsar del interior del aparato, y una revisión por parte de la policía puede suponer la cárcel (o el pago de un generoso soborno para evitarla).

En los días señalados -como el de hoy- el Gobierno se encarga de que la electricidad y las luces funcionen a pleno rendimiento. Un pequeño parque de atracciones en el centro de Pyongyang, por ejemplo, abre al público y se pueden escuchar los gritos de júbilo de los niños. Además de ver la televisión y los DVD surcoreanos (la mayoría de ellos provenientes del contrabando con China), los norcoreanos son grandes amantes de los karaokes, los días en familia, acudir a conciertos y jugar al ajedrez. En los últimos años, para las familias más adineradas también se ha puesto de moda salir a cenar o incluso ir de vacaciones a la playa (a sitios como Nampo o Wonsan). Aun así, para la mayoría de la población hay pocas cosas que hacer un sábado por la noche, incluso en Pyongyang.

El uso de teléfonos móviles, antes prohibidos, es otra de las novedades de la vida en Corea del Norte. En mayo de 2013, el número de usuarios se había elevado hasta los dos millones, y por las avenidas de Pyongyang es hoy frecuente ver a gente paseando y mandando mensajes de texto. Se trata de móviles sencillos (al estilo de los antiguos Nokia) y vigilados por el Gobierno, pero que se han convertido en una muestra de estatus social. Acceder a internet es todavía más difícil, ya que sólo está al alcance de los altos funcionarios y de unos pocos estudiantes (incluso en estos casos, se trata de un acceso restringido). En el hotel Yanggakdo, donde se alojó este periodista durante tres días, enviar un solo email desde el ordenador de recepción (utilizando Outlook Express) costaba cerca de un euro (recibir emails no estaba permitido).

El tráfico ha aumentado considerablemente en las calles de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)
El tráfico ha aumentado considerablemente en las calles de Pyongyang (FOTO: Daniel Méndez)

 

De vez en cuando, en el campo también se pueden ver móviles, pero la situación es mucho más dura que en la capital. A lo largo de la vía férrea que une China con Pyongyang, así como en la carretera que lleva hasta Kaesong, es frecuente encontrarse a niños jugando en los charcos y a mujeres lavando la ropa en los ríos. Los coches (sobre todo 4X4, para poder moverse por los caminos de tierra) son escasos y los únicos autobuses que se ven son los de los turistas. La comida por excelencia es el arroz y el kimchi, normalmente acompañados con alguna verdura y sólo en días muy excepcionales con carne. Los campesinos trabajan en granjas colectivas organizadas por el Estado, que todavía hoy produce en torno al 85%-90% de los cereales (según las estimaciones de Andrei Lankov).

En este 27 de julio, sin embargo, nadie parece querer pensar en las dificultades de la vida diaria. Los estadios y centros culturales organizan conciertos para celebrar la efeméride, y al atardecer la plaza de Kim Il-sung, en el centro de la ciudad, está a rebosar con cientos de personas que acuden allí para acabar el día. Por la noche, el espectáculo finaliza con fuegos artificiales. Al fin y al cabo, hoy es fiesta en Pyongyang.

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