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Bo Xilai, un nuevo ilustre en la prisión de Qincheng

A la espera de que Bo Xilai conozca la fecha en que se dictará su sentencia por cargos de corrupción, abuso de poder y encubrimiento del asesinato del empresario británico Neil Heywood durante su estancia en Chongqing, el que fuera uno de los líderes llamados a ingresar en la cúpula de gobierno chino pasa ahora sus días encerrado en una de las celdas de la prisión de Qincheng (秦城), en la localidad de Xiaotangshan, a un hora en coche al norte de Pekín.

No es la primera vez que Bo pasa un tiempo a la sombra. A los 17 años, en plena Revolución Cutural, el joven Bo y varios de sus hermanos crearon un grupo llamado “Acción Unida” para hacer frente a la humillación infringida por los Guardias Rojos de Mao a sus familiares acusados de “contra-revolucionarios”. Entre ellos estaba Bo Yibo, antiguo camarada de trincheras del “gran timonel” y padre de Bo Xilai. Sus enfrentamientos le valieron una condena a cinco años de cárcel, hasta que el caos remitió y la familia Bo recuperó su estatus previo.

Ahora el asunto es más serio. La abogada de éxito Gu Kailai, mujer de Bo, fue condenada el pasado 20 de agosto a pena de muerte con suspensión durante dos años, es decir, a cadena perpetua si Gu se comporta bien durante ese período. El otro integrante de la trama, Wang Lijun, ex jefe de policía de Chongqing que huyó a la embajada de EE.UU. con documentos sobre las malas artes de Bo, fue condenado a 15 años de cárcel por aceptar sobornos, burlas las leyes, abuso de poder y deserción. Si no se produce un indulto de última hora por presión de una de las facciones del Partido, Bo correrá la misma suerte una vez el pasado noviembre fuera oficialmente expulsado del Partido por orden del Comité Central.

La prisión de Qincheng vuelve a acoger a un ilustre condenado desde que en 1960 fuera inaugurada en un trabajo conjunto entre el gobierno de Mao y los técnicos enviados por la URSS. El conocido como Proyecto #156 estaba destinado a acoger en su primera etapa entre los años 50 y 60 a oficiales manchús, prisioneros de guerra japoneses y a los supervivientes del Kuomintang en el continente. Posteriormente, durante la Revolución Cultural la cárcel se convirtió en el destino preferente para todos los purgados por el Partido, hasta el punto que las celdas se desbordaron y se tuvo que levantar un nuevo anexo a los anteriores edificios. Una vez transcurridos los trágicos hechos de Tiananmen, sus jóvenes participantes, divididos entre estudiantes e intelectuales, pasaron también por las escuetas celdas. Finalmente, durante la década de los 90 y hasta la actualidad, gobernadores provinciales y oficiales del Partido acusados de corrupción han dado con sus huesos en Qincheng.

A diferencia del resto de cárceles chinas que se encuentran en manos del Ministerio de Justicia chino, la supervisión del complejo de Qincheng está a cargo del Ministerio de Seguridad Pública, dando a entender que sus huéspedes se encuentran varios niveles por encima del resto de presidiarios. Esta distinción también es patente en las comodidades y accesibilidad de las que disfrutan los funcionarios denostados por Pekín. El periódico chino Shenzen Economic Daily describía en un reportaje como las celdas destinadas a los presos con más nombre poseen una ventana más que el resto, una mampara que separa el baño de la cama, estanterías, y la posibilidad de leer libros y el Diario del Pueblo. También pueden ver la televisión entre las 19:00 a las 21:00 horas. A esta descripción los medios oficiales añaden el acceso a un balcón en cada celda donde se puede hacer ejercicio y colgar la ropa que ha pasado previamente por las lavadoras de las que disponen los presos. Todo ello en habitáculos de no más de 20 metros cuadrados, con vigilancia constante y personal médico preparado para atender cualquier necesidad.

Por estas “suites” han pasado históricos miembros del Partido como Li Lisan y su mujer Eva Siao, en el año 1967. Liu Shaoqi ocupo una de estas celdas después de ser purgado junto a Deng Xiaoping durante los días de la Revolución Cultural. La escritora Ding Ling, líder de la corriente literaria del “realismo revolucionario” que triunfó durante la época de guerrillas, fue confinada en 1970 durante cinco años junto con su marido -sin que ninguno de los dos tuviese constancia de ello- después de ser acusada de “derechista”.

Curiosamente, la líder de la “Banda de los Cuatro” y viuda de Mao, Jiang Qing, ingresó en 1980 en las dependencias carcelarias tras su celebrado juicio público y fue la primera que disfrutó de dos estancias y baño privado, según describe en su libro “Qincheng Prison” el activista chino por los derechos humanos Harry Wu. Dos destacados intelectuales que reclamaron cambios democráticos en China, uno mediante la difusión en 1978 de su “Quinta Modernización” como Wei Jinsheng, y otro como Liu Xiaobo liderando a los jóvenes de Tiananmen, también pasaron por la prisión pequinesa, a la cual Wei consideró durante su estancia lo más parecido a un “calabozo o manicomio”. Por último y más recientemente, víctimas de la encarnizada lucha del Partido contra la corrupción como el ex alcalde de Pekín Chen Xitong o el que fuera secretario general de Shanghai, Chen Liangyu, han corrido la misma suerte que los anteriores célebres enemigos del Partido.

En menos de un año, Bo Xilai ha pasado de meter en la cárcel a los corruptos que campaban a sus anchas por Chongqing a ser el “cazador cazado” e ingresar en la que Yu Yingshi, académico de la Academia Sínica, ha destacado como “la única institución del estado totalitario chino que mejor representa un instrumento político vital de disfraz legal”. El presidente de Taiwán Ma Jing-yeou fue más allá y tildó a la prisión de Qincheng como el “gulag chino”, en una alusión a los campos de trabajo empleados por la URSS en sus purgas políticas.

En 2009, en Yancheng, localidad de la provincia de Jiangsu, se terminaron las obras de una nueva prisión destinada a acoger a las élites corruptas del Partido, y se espera que en los próximos años suceda a Qincheng, cuyas infraestructuras notan el paso del tiempo. Mientras tanto, Bo Xilai seguirá ejercitándose y leyendo el Diario del Pueblo en el balcón de su celda hasta que se celebre el juicio exprés que cierre un caso que ha levantado ampollas y removido arenas dentro del Partido Comunista Chino.

Vista aérea de la cárcel.
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Acerca de Sergio Rodríguez Romero

Graduado en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca (su ciudad natal), su primer contacto informal con China fue a través de un restaurante. Después de descubrir los entresijos de su política en la sección de Internacional del Diario de León, ahora, de manera más formal, está inmerso en su estudio a través del Máster en Estudios Chinos de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. [Más artículos de Sergio Rodríguez Romero]