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Tocqueville se pone de moda entre los líderes políticos chinos

Este artículo forma parte de una nueva colaboración que ZaiChina ha emprendido con Caixin, uno de los medios chinos más independientes y atrevidos de China. El artículo se ha publicado también en su web y lo reproducimos aquí con su permiso.

Los líderes chinos identifican la situación actual de China con las observaciones del pensador francés del siglo XIX

(Caixin – Nailene Chou Wiest) Alexis de Tocqueville, el historiador francés del siglo XIX, ha gozado de gran popularidad entre las élites políticas y económicas de China durante los últimos 20 años. En vísperas del cambio de gobierno de este otoño, su libro El Antiguo Régimen y la Revolución (1856) parece haber llamado la atención de todo tipo de intelectuales. Mientras su insistencia en el orden y su conservadora desconfianza hacia las masas abogan por mantener el status quo, por otro lado, sus ideas sobre la igualdad y la sociedad civil atraen a los pensadores chinos más liberales. Ambos bandos comparten su oscuro temor a enfrentarse a una crisis en ciernes.

El hasta ahora viceprimer ministro chino y nuevo miembro del Comité Permanente del Politburó, Wang Qishan, es un fan de Tocqueville y ha recomendado su libro a sus colaboradores. Preocupado tanto por la superficialidad y la poca visión de futuro de los nuevos ricos como por la confusa e ingenua gente común, Wang Qishan teme un período prolongado de incertidumbre y confusión en el futuro. Recuerda la advertencia de Deng Xiaoping de que para llevar a China a la modernidad pueden necesitarse varias generaciones y de que el pueblo chino probablemente todavía no ha pagado el precio necesario. El Antiguo Régimen y la Revolución también es una de las lecturas favoritas de Yi Gang, vicedirector del Banco Popular de China. A éste le preocupa que las oscuras, violentas e irracionales fuerzas que reinaron durante la Revolución Cultural (1966-1976) todavía puedan estar presentes en la sociedad china.

Muchas de las ideas de Tocqueville siguen siendo relevantes en la China de hoy. Por ejemplo, frases como “las personas que profesan amar la libertad, en realidad sólo odian a sus gobernantes” o “la gente está lista para el cambio, pero no necesariamente para la democracia”. Los líderes chinos encuentran complacencia en su tesis de que la revolución se lleva a cabo cuando mejoran las condiciones de vida, no cuando la gente es extremadamente pobre. Cuando un país apuesta por fomentar el deseo a enriquecerse, esto provoca mayor corrupción y socava la credibilidad moral del gobierno, de tal forma que la prosperidad está en realidad abonando el terreno para la caída del régimen. Es por eso que el crecimiento económico, en lugar de mantener a la gente contenta, los vuelve inquietos. La tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto del 8%, percibida durante mucho tiempo en China como imprescindible para la estabilidad, podría en realidad tener el efecto contrario.

¿Está China lista para otra revolución? ¿Se ha convertido la República Popular de China en el Antiguo Régimen? ¿Sigue el país viviendo las secuelas de “La Revolución”? En 1911, la Revolución de Xinhai acabó con la monarquía, pero no consiguió implantar instituciones modernas. En 1949, la Revolución Comunista intensificó la centralización del poder bajo el mandato de un partido único, pero la democracia dio un gran paso hacia atrás. Las reformas económicas puestas en marcha a partir de 1978 provocaron enormes cambios en la sociedad china, pero no han cambiado el monopolio del poder político. El libro de Tocqueville da mucho que pensar, pero son los lectores quienes deben atar los cabos sueltos.

El Antiguo Régimen y la Revolución se escribió unos 60 años después de la Revolución Francesa de 1789, con la ventaja que proporciona la perspectiva del tiempo. Tocqueville detestaba la monarquía burguesa de Luis Felipe I (1830-1848) por su materialismo y codicia en una época de rápido crecimiento económico, la cual guarda gran parecido con la “década dorada” del gobierno de Hu Jintao y Wen Jiabao celebrada en los medios de comunicación oficiales. Ambos regímenes estaban dominados por élites financieras que justificaban sus propios intereses con la retórica del materialismo individualista. En Francia, la desigualdad económica desató a las fuerzas sociales en la revolución de 1848, que más tarde se extendería por media Europa. Los levantamientos que tuvieron lugar en el mundo árabe hace dos años recordaron de forma misteriosa la vorágine del siglo XIX.

La advertencia de Tocqueville de que lo que sustituye al viejo régimen es probablemente un régimen del mismo tipo pero aún más represivo lleva resonando entre los dirigentes chinos desde hace años. Esto contradice el discurso revolucionario oficial del Partido Comunista, según el cual un triunfo justo en una revolución honrada es la fuente de legitimidad del nuevo régimen. Cuando la traducción china de El Antiguo Régimen y la Revolución se publicó en 1992, tres años después del incidente de Tiananmen, los resignados intelectuales chinos reconocieron que la revolución no era el método adecuado para conseguir el cambio. Con la esperanza de poner fin al “ciclo revolucionario” (gaobie geming), aceptaron el gradualismo de las reformas. Sin embargo, dos décadas más tarde, las reformas están atascadas y el gradualismo no hace sino agravar el malestar de la sociedad.

El crecimiento económico ha perdido su encanto; ahora, la igualdad y la justicia son más importantes. Incluso los moderados piensan que las cosas deben cambiar si China quiere salir de su parálisis. En los últimos dos meses, grupos de manifestantes furiosos han asaltado edificios de gobiernos locales y las autoridades públicas no han tenido más remedio que retirarse. A pesar de las buenas intenciones, la revolución no es algo que se pueda encender y apagar a voluntad.

El Antiguo Régimen y la Revolución no solo establece paralelismos entre la Francia del siglo XIX y la China del siglo XXI, sino que también da algunas pistas sobre la forma de pensar de las élites chinas. Una frase premonitoria de Tocqueville, “Una institución antigua está en su momento más débil cuando empieza a reformarse”, provoca ansiedad en los líderes chinos. Aceptar el cambio sería la receta para el desastre, rechazarlo significaría abocarse al fracaso. ¿Dónde está la salida? Échenle la culpa a ese maldito francés.

•  Aquí tienes el resto de artículos de Caixin en español, traducidos por ZaiChina.

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