Economía

El nuevo gobierno chino ante la crisis financiera internacional

Cuando la plana mayor del Partido Comunista decidió postular a la dupla Xi Jinping / Li Keqiang para ocupar la presidencia y la vicepresidencia del país, las expectativas sobre China y el mundo en general eran muy distintas a la realidad que encontrarán estos funcionarios en el momento de asumir sus cargos: una Unión Europea (su principal socio comercial) en recesión y con cinco países insolventes; mientras Estados Unidos (su segundo socio comercial) no logra sobreponerse a la crisis del 2008.

Debido a que China basó su espectacular desarrollo económico en el comercio exterior (en fabricar para exportar al resto del mundo, para lo que a su vez se vio en la necesidad de importar commodities para alimentar a los trabajadores y las fábricas), esta crisis ha impactado en su crecimiento, que tiende a reducirse. Y la gran incógnita es cuánto se reducirá, cómo impactará en la sociedad y cómo reaccionará el gobierno.

El XVIII Congreso del Partido, que debería celebrarse en las próximas semanas, llega en un momento difícil para el país. Tal vez el más difícil desde 1977, cuando el XI Congreso eligió a Deng Xiaoping como líder indiscutido y acabó definitivamente con la locura maoísta (al menos eso creíamos hasta que saltó a la fama Bo Xilai), para empezar a transitar la senda neoliberal de la mano de Estados Unidos.

Hoy, los peligros no sólo provienen de afuera. Las deudas provinciales, la inflación –que sorpresivamente ha descendido considerablemente en los últimos meses-, la burbuja inmobiliaria, la pérdida de beneficios que sufren grandes monopolios estatales que operan internacionalmente y las protestas sociales cada vez más numerosas y efectivas motorizadas a través de las redes sociales, limitan la capacidad del gobierno para responder con éxito a la caída de la demanda externa. Y como si todo esto fuera poco, no hay forma de ocultar el escándalo Bo Xilai, un auténtico villano (también héroe para millones de habitantes de Chongqing) en el centro mismo de la dinastía del Partido.

Con el ascenso de Xi y Li, el gobierno chino apostaba a una mayor liberalización de la economía y –tal vez, más gradualmente- también de la política. Era el momento en que se erigía como el salvador de la economía mundial gracias al lanzamiento de un estímulo financiero récord en la historia, con el cual China logró mantener su elevado índice de crecimiento y evitó la caída de muchas otras economías tras la crisis de 2008. Eran momentos de gloria, justo después del gran éxito de las Olimpiadas de Pekín y de la impresionante Expo de Shanghai de 2010, a la que asistieron por convicción o “a la fuerza” los principales líderes políticos de todo el mundo. Entretanto, la economía china sobrepasó a las de Alemania y Japón, para alcanzar el segundo puesto sólo por atrás de Estados Unidos.

Entonces llegó la crisis de la Unión Europea y el mundo nunca volvió a ser el mismo. En medio de esta situación de inestabilidad mundial -que se profundizará en lo que resta de año, ya que los planes de austeridad no ayudarán a reactivar la economía europea- la nueva generación de políticos chinos tendrá que apelar a una creatividad digna de Pablo Picasso y encarar reformas revolucionarias para evitar verse atrapada en el hundimiento de la economía global. Pero ¿estará dispuesto el Partido a dar el gran salto adelante? ¿O más bien preferirá dar un paso atrás? ¿Tendrán suficiente poder de decisión Xi y Li? ¿O tendrán que compartirlo con al menos Hu Jintao –que seguramente continuará al menos un año más como jefe supremo del ejército- y Jiang Zeming? Ante la carencia de un liderazgo fuerte, ¿cómo se resolverá la tensión entre reformistas y conservadores? ¿Más libertad o más represión? ¿O tal vez más libertad económica con más represión política, la opción que parece prevalecer en este momento?

En el último plan quinquenal, el gobierno entendía que la economía china necesitaba un cambio de rumbo y proponía el viraje hacia el crecimiento del consumo interno. Pero la crisis europea aceleró los tiempos y China siente los efectos negativos de su excesiva dependencia en el comercio exterior años ante de los esperado. Para evitar el crecimiento del desempleo y sus consecuencias nefastas sobre “el desarrollo armónico”, un nuevo paquete de estímulos financieros ya está en camino.

Pero esta vez la situación es diferente, porque gran parte de los exorbitantes préstamos del primer paquete de estímulos no se ha podido cobrar. Las reservas chinas son (de lejos) las mayores del mundo, pero no son infinitas. Y el gobierno se verá en la necesidad de gastar para mantener el crecimiento del empleo y a la vez subsidiar a grandes monopolios estatales que sufren problemas financieros; al mismo tiempo también tendrá que aumentar los sueldos o invertir en seguridad social para alentar el consumo. Tampoco podrá dejar de lado sus inversiones en el exterior, ya que necesita asegurar el abastecimiento de recursos naturales esenciales para su desarrollo, como el petróleo o los granos. China es el principal receptor de inversión extranjera del mundo, pero el aumento de costos que causará el paquete de estímulos puede desviar inversiones productivas hacia otros países en un momento en que éstas no florecen. De hecho, la caída de las inversiones extranjeras ya preocupa al gobierno.

Aunque nadie puede asegurar qué pasará en Europa, muchos ya empiezan a vaticinar que el 2013 será peor que el 2012. La sequía en Estados Unidos, que afecta a la mitad de su territorio y específicamente a los cultivos de soja y maíz, es un inesperado factor altamente inflamable ya que Washington es el principal exportador mundial de ambos (o al menos lo era hasta hace muy poco). En sólo dos meses, el maíz sufrió aumentos de más del 30% y la soja del 20%. Hemos de tener presente que el aumento en el precio de los alimentos fue la chispa que encendió la “primavera árabe”.

Aunque los hay, es difícil encontrar un artículo de tono positivo entre los analistas de economía internacional. En lo que parece haber consenso es en que la causa de la crisis financiera mundial es una combinación de malas políticas económicas por un lado y prácticas delicuenciales de bancos, fondos de inversión y empresas constructoras por otro. Y el sentimiento cada vez más generalizado entre la gente, aunque no siempre expresado, es que los gobiernos siguen apoyando financieramente a los estafadores y no a los trabajadores.

Lo más probable es que la crisis económica se profundice. De ser así, la pelea por los hidrocarburos que actualmente se libra en el Mar del Sur podría recalentarse. Estados Unidos ya avisó que está dispuesto a responder por la seguridad de Filipinas y otros países con los que China se enfrenta por esas aguas que considera suyas, por donde actualmente circula el 30% del comercio mundial y donde hay grandes reservas de petróleo y gas (varias plataformas están en explotación, otras se están licitando y muchas más se habrán de construir). Como respuesta, hace tan sólo unos días, la Comisión Militar Central de China aprobó la instalación de un puesto militar en la zona. Y gracias a la oposición de Camboya, China logró sabotear una declaración de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) que la incitaba a respetar las millas navales correspondientes según los tratados internacionales.

La economía global está en crisis, y China, como parte fundamental de ella, no saldrá indemne. Aunque las crisis son inherentes al desarrollo del sistema capitalista, actualmente hay otros factores que modifican la ecuación. Los recursos no alcanzan para todos y la población mundial sigue creciendo –así como la brecha entre pobres y ricos- mientras que se agravan las consecuencias de los desastres naturales. Ya no se trata sólo de crisis de oferta y demanda, sino de sustentabilidad del modelo de crecimiento.

En las próximas semanas iremos detallando las mencionadas dificultades por las que atraviesa la economía China y cómo se va proyectando el próximo gobierno para enfrentarlas.

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