Internet

Libro: “No sin nuestro consentimiento. La lucha por la libertad en Internet”

Hoy sale a la venta en España el libro “No sin nuestro consentimiento. La lucha por la libertad en Internet”, que aborda la forma en que la Red, que supuestamente iba a hacer al mundo más libre, se ve amenazada por los intereses de los Estados y las grandes empresas. La autora es Rebecca MacKinnon, una vieja conocida para los expertos en China, corresponsal de la televisión CNN en Pekín entre 1992 y 2001 y co-fundadora del ambicioso proyecto Global Voices On-line. Después de abandonar su trabajo como periodista en 2004, MacKinnon se ha pasado al mundo académico y se ha convertido en una de las expertas más respetadas en el análisis de los nuevos proyectos periodísticos on-line y la forma en la que funciona la censura en el Internet chino.

Partiendo de la base de que Internet ha ampliado los márgenes de libertad en todo el mundo, este nuevo libro intenta identificar precisamente las principales amenazas que se ciernen sobre los nuevos espacios digitales. MacKinnon nos habla de proyectos periodísticos independientes, de blogs y redes sociales, y de la forma en la que los nuevos movimientos sociales y políticos (los últimos en el mundo árabe) se han canalizado a través de la Red. Esta visión idílica de Internet, nos advierte la autora, se enfrenta a la realidad de los controles impuestos por gobiernos autoritarios (China, Rusia, Irán…), los intereses de las grandes discográficas, editoriales o productoras de películas (que presionan para aprobar restrictivas leyes en el ámbito de los derechos de autor) y a las grandes empresas de Internet (Apple, Google, Facebook, Microsoft…).

Entre otras muchas cosas, “No sin nuestro consentimiento” describe la forma en la que funciona la censura de Internet en China, explicando su funcionamiento desde un punto de vista técnico y analizando la colaboración con la que cuenta sobre todo entre las empresas chinas, pero también entre algunas extranjeras (el caso más famoso fue el de Shi Tao, condenado a diez años de cárcel después de que Yahoo! colaborara con el gobierno, pero no ha sido el único). También aborda las características del control de Internet en Rusia, un modelo más basado en la mezcla de represión, nacionalismo y populismo estatal. A parte de la censura por parte de los gobiernos, MacKinnon también aborda el comportamiento de las empresas líderes de Internet (sobre todo Facebook, Google y Apple), que en muchas ocasiones funcionan como reinos de taifas con sus propias normas, no siempre respetuosas con los derechos de los internautas.

El libro es interesante desde distintos puntos de vista. Para empezar, acaba con el idealismo de los que ven en Internet la máxima libertad de expresión, y MacKinnon nos advierte de que, como ha pasado en otras industrias, el control está llegando también a la Red. Más que un control, lo que necesitamos todos (y su libro es una especie de llamada a tomar consciencia) es unas reglas claras sobre qué tipo de Internet queremos y sobre cómo legislar (o no legislar) en temas como la propiedad intelectual, la libertad de expresión y el derecho a la privacidad. El libro también tiene la ventaja de ofrecer una visión global, hablando de países como China, Rusia o Corea del Sur, escapando así a la tendencia de muchos especialistas que parecen sólo querer hablar de Estados Unidos y Europa (o solo de China e Irán en cuanto a censura se refiere). MacKinnon no ofrece demasiadas soluciones, pero hace un análisis lúcido y detallado de las dificultades que entraña mantener la libertad de expresión mientras se persigue el crimen en la red, se defienden los derechos de artistas y creadores o se protege a los niños. Las fronteras entre quién debería legislar y cómo, dónde poner los límites con los que cuentan las empresas y los gobiernos, está presente a lo largo de todo el libro.

Por otro lado, la autora cae frecuentemente en la simplificación de entender Internet única y exclusivamente como una herramienta al servicio de la libertad de expresión. MacKinnon tiene todo el derecho a adoptar este punto de vista en su libro, pero se olvida de que la mayoría de internautas utilizan la Red para divertirse, interactuar con sus amigos o trabajar. En ocasiones, la autora parece considerar a todos los internautas como unos disidentes en potencia y exige a empresas como Ebay, Facebook o Google que sólo tengan un objetivo en mente: defender la libertad de expresión y favorecer el “cambio social” en el mundo.

Además, al enfrentarse a un ámbito tan internacional, la autora salta constantemente de un país a otro y de una empresa a otra, lo que provoca cierta confusión en un libro que no está demasiado bien estructurado. Otro de los puntos débiles del libro es que critica prácticamente cualquier tipo de gobernanza sobre Internet, pero al mismo tiempo no presenta una propuesta alternativa coherente que pueda ayudarnos a todos a crear unas nuevas reglas con la que vivir en el nuevo mundo digital.

“No sin nuestro consentimiento” no es la obra más completa para comprender la forma en la que funciona la censura en China (no es ese su objetivo) ni probablemente se vaya a convertir en un clásico sobre los temas que aborda. Sin embargo, es un libro lleno de ejemplos e ideas interesantes, una completa recopilación de las amenazas sobre la libertad de expresión en Internet y sobre la forma en la que gobiernos y empresas mueven los hilos de nuestras nuevas realidades digitales.

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