Educación, Nacionalismo

5 – Universitarios enfadados

Nota: El siguiente texto forma parte del libro “Universitario en China. Así son los futuros líderes del país”, escrito por Daniel Méndez con el apoyo de la Fundación ICO. En él se analiza la evolución de las universidades chinas y la forma de vivir y pensar de sus estudiantes, intentando explicar muchas de las transformaciones que ha vivido el país en los últimos 30 años. Hoy ofrecemos el quinto capítulo, donde se analizan la forma en la que los universitarios ven el mundo y los conflictos con Occidente. Actualización: puedes leer en ZaiChina todos los capítuloscomprar la versión impresa o hacerte con el libro para tu Kindle.


De todos los estereotipos que se manejan en Occidente sobre China, probablemente el más falso sea el de su cerrazón y aislamiento del mundo. Desde 1978, el país se ha volcado en aprender del extranjero y la influencia occidental es patente en todas las ciudades. Las formas de vida, tendencias urbanas, películas y canciones extranjeras forman parte de la vida diaria de cualquier chino. Aunque Estados Unidos sigue siendo el referente para casi todo (en China, Occidente es igual a EE.UU.), otros países como Japón, Corea del Sur, Reino Unido o Francia han penetrado con fuerza en el país. Los años maoístas en los que China estaba cerrada al mundo son cosa del pasado.

Un paseo por el campus de Beida muestra a la perfección este fenómeno. En las cantinas de la universidad, los jóvenes apuran sus cuencos de arroz mientras disfrutan de los últimos partidos de la NBA o los goles de la Liga Inglesa. En el restaurante de comida rápida, los estudiantes comen hamburguesas y patatas fritas mientras ven películas estadounidenses en versión original con subtítulos en chino. En los kioskos de Beida, cualquiera puede comprar el último número de The Economist, Newsweek, The Washington Post, Forbes, People o The National Geographic, publicaciones que se pueden leer gratuitamente en la biblioteca. En el centro audiovisual de la universidad, los estudiantes pueden disfrutar de ordenadores de última generación para ver películas de habla española como El laberinto del Fauno, Te doy mis ojos, Amores Perros, Machuca o La Mala Educación.

Al frente de esta pasión por lo occidental está el inglés, cuyo aprendizaje se ha convertido casi en una religión en China. En cualquier librería del país, los manuales para aprender este idioma tienen sección propia y llenan decenas de estanterías. Una de las películas que mejor ha sabido reflejar este fenómeno es Mad about English (Locos por el inglés), un documental producido en 2008 que muestra el fervor por aprender la lengua de Shakespeare justo antes de los Juegos Olímpicos de Pekín. En él se puede ver el enorme interés que ha despertado el inglés en la sociedad china: taxistas, ancianos de más de 70 años, doctores, policías y niños se afanan día a día por poder comunicarse en esta lengua. El documental sigue a Li Yang, un profesor que se ha hecho famoso por sus originales métodos de enseñanza y por dar clases de inglés en estadios con 10.000 estudiantes. El propio título de la película define a la perfección lo que vive la sociedad china: una locura colectiva por aprender inglés.

El inglés es obligatorio en las escuelas desde los 9 años (aunque muchos empiezan ya en la guardería o a los seis, en el primer año de primaria) y forma parte del examen que da acceso a la universidad. El aprendizaje de esta lengua se extiende hasta la educación superior: todos los universitarios del país, independientemente de la carrera que realicen, están obligados a matricularse de cuatro asignaturas cuatrimestrales de inglés como mínimo. Si no hablas inglés (o, mejor dicho, si no pasas los exámenes de inglés) no puedes obtener un título en una universidad china.

El inglés está presente en las universidades no sólo como lengua extranjera, sino también como una herramienta imprescindible en muchas otras clases. Los alumnos de economía y negocios de la Universidad de Pekín tienen asignaturas troncales impartidas por profesores extranjeros en inglés. Lo mismo pasa en muchas otras licenciaturas, donde los estudiantes están obligados a leer en este idioma. En la carrera de Historia se ofertan numerosas clases relacionadas con la historia, cultura y literatura de los países europeos, e incluso hay asignaturas optativas como latín. En la carrera de Periodismo de la Universidad de Pekín, 12 de las 54 asignaturas que se ofertan están relacionadas con el inglés, con clases como análisis de medios de comunicación estadounidenses o redacción de noticias en esta lengua.

Esto no quiere decir que todos los jóvenes hablen inglés, pero sí que a todos les gustaría hablarlo y que el esfuerzo que hacen por conseguirlo es enorme. Las clases suelen estar basadas en gramática y expresión escrita, con lo que las habilidades orales de los estudiantes suelen ser limitadas. China está loca por aprender inglés, pero eso no significa que lo hable.

Si todo el país está volcado en abrirse al exterior, los jóvenes universitarios están al frente de esta ola. La propia universidad, ya desde su reforma en 1977, se basó en el modelo anglosajón para transformar sus métodos de enseñanza y organizar los estudios (grado, máster, doctorado). En su libro “¿Qué piensa China?”, Mark Leonard habla de cómo, durante los años 80 y 90 en China, “la modernización se convirtió en sinónimo de americanización”. Las universidades son un buen ejemplo.

Después de décadas de aislamiento y pobreza, los universitarios chinos llevan ya varios años lanzándose al extranjero. En 2005, China era el Estado con más universitarios del mundo cursando estudios en otro país, 394,669 estudiantes y un porcentaje de movilidad del 2%, muy por encima de India, que con 139,356 se situaba en el segundo puesto. El destino preferido de los universitarios chinos es, por este orden: Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Australia y Alemania. [Cifras de la UNESCO, pdf]

Desde la devolución de Hong-Kong en 1997, China ha lanzado programas de cooperación con universidades de todos los continentes, sobre todo intentando potenciar los intercambios de estudiantes, el conocimiento tecnológico y la investigación. Beida, como casi siempre a la cabeza en todo lo que tenga que ver con universidades en China, ha firmado acuerdos de cooperación con más de 200 centros de todo el mundo, entre ellos la Universidad de Stanford, Yale, Cambridge, Michigan, California o Waseda (Tokyo).

La salida de tantos estudiantes chinos al extranjero ha traído consigo el debate en torno a la “fuga de cerebros”. La Academia de Ciencias Sociales de Pekín (CASS) recoge en un estudio que el 70% de los estudiantes que han estudiado en el extranjero entre 1978 y 2006 todavía no han vuelto a China. Algunos de los más brillantes universitarios no triunfan en casa, sino en Estados Unidos, Japón o Reino Unido.

Aún así, las cosas están cambiando. Con la mejora de las condiciones de vida en las ciudades chinas y las nuevas oportunidades de negocio, muchos de ellos están volviendo de forma natural al país. También, argumentan las autoridades chinas, con el desarrollo de las universidades de élite menos estudiantes necesitarán irse al extranjero para alcanzar la excelencia académica.

El tema de la fuga de cerebros se ha convertido casi en un tema de Estado. Si la revolución económica de los 80 en China comenzó gracias al dinero proveniente de las comunidades chinas fuera del continente (Hong‐Kong, Taiwán, Japón, Estados Unidos, Canadá…) es muy probable que la reforma educativa se sustente también sobre el conocimiento de aquellos que han estudiado fuera. El plan perfecto es que los estudiantes se vayan dos o tres años, disfruten de los mejores centros de investigación en el extranjero y después vuelvan a China para contribuir al desarrollo del país. El gobierno chino está intentando traer de vuelta todo este enorme capital humano ofreciendo recortes fiscales, salarios más altos, plazas en las mejores universidades del país y otras ventajas económicas.

La Universidad de Pekín lleva desde hace tiempo poniéndose manos a la obra para reclutar a los chinos que han estudiado en el extranjero. De los 1882 profesores de doctorado, el 31,1% de ellos consiguió este título en universidades extranjeras (entre los nuevos contratados desde 2000, la cifra se eleva hasta el 39,9%). El objetivo de la universidad es que más del 50% de los estudiantes de máster hayan estudiado en otro país.

Mientras los chinos se van fuera para completar sus estudios, cada vez son más los extranjeros que acuden a las universidades chinas, en un intercambio cultural que va en las dos direcciones. Si en 1986 tan sólo había 8.000 extranjeros estudiando en China, en 2006 la cifra se había disparado hasta los 86.000, sobre todo procedentes de otros países asiáticos. Las nuevas inversiones de China en África han traído consigo a numerosos africanos a las universidades de Pekín y, en la batalla por aislar internacionalmente a Taiwán de sus tradicionales aliados en América Latina, las ayudas para universitarios latinoamericanos se han incrementado. Mientras China sigue aumentando su Producto Interior Bruto y su poder en el mundo, cada vez más gente quiere estudiar aquí. Para muchos de los que estudian Relaciones Internacionales o Economía, pasar por China se ha convertido en una etapa más de su formación.

En un momento en el que la globalización ha empequeñecido el mundo y Asia lleva años liderando el crecimiento económico, la apertura al mundo de las universidades chinas debería hacer reflexionar a las instituciones académicas occidentales sobre la educación eurocentrista que reciben sus ciudadanos. En un artículo publicado por La Voz de Galicia, Pablo Carballo criticaba la poca atención que en España se da a todo lo que pasa en este continente:

“Me parece extraño y cutre lo poco que en Occidente sabemos de Asia en general y de China en particular. Uno puede pasar la básica, el Bachillerato, la Universidad, sacarse cuatro masters y un par de doctorados con mención honorífica sin haber leído una sola línea sobre Asia en su vida académica”.

A principios del siglo XX, en un momento en el que China se dio cuenta de la superioridad tecnológica de ese momento de Occidente, se popularizó la expresión zhongti xiyong (-中体西用- esencia china, técnica occidental) como método de enseñanza y forma de sacar al país de la pobreza. La cultura y el alma tenían que ser chinas; el conocimiento práctico y científico se tenía que aprender de los extranjeros. Hoy, este concepto sigue vigente en las universidades, que miran sin disimulo hacia los mejores centros de Estados Unidos. Esto, unido a una sociedad volcada en abrirse al extranjero y en aprender inglés, ha creado unos universitarios que conocen relativamente bien lo que pasa en Occidente. Se mire por donde se mire, los jóvenes chinos saben mucho más sobre nosotros de lo que nosotros sabemos sobre ellos.

Festival de Culturas Internacionales en la Universidad de Pekín
Festival de Culturas Internacionales en la Universidad de Pekín

 

¿Demasiado volcados en el extranjero?

China se ha volcado tanto en el extranjero que más de uno piensa que se ha pasado de vuelta. Mark Leonard expresaba en su libro la opinión de muchos intelectuales chinos, que han visto cómo, después de la Revolución Cultural, su país “simplemente sustituyó la sombra del Maoísmo por otra filosofía fundamentalista: el culto a los Estados Unidos de América”.

Durante el siglo XIX y principios del XX, época en la que una gran parte de China fue colonizada por Japón y las potencias occidentales, muchos movimientos culturales criticaron la decadencia de la cultura china y buscaron en Occidente la solución a todos sus problemas. Durante los años 80 y 90 China vivió un proceso similar. Algunos, como el intelectual Wang Xiaodong, (王小东) encasillado dentro del grupo de nuevos nacionalistas chinos, utilizó el término “racismo a la inversa” para definir la actitud de muchos de sus compatriotas, que se han dejado seducir tanto por el extranjero que menosprecian su propia cultura y ven a China como una nación inferior: “En mi opinión, no hay una gran diferencia entre este racismo chino y el racismo de Hitler. La única diferencia entre ellos es que el racismo chino dirige su teoría contra su propia raza”.

Sin ser tan radicales como Wang Xiaodong, en la vida diaria se pueden encontrar numerosos ejemplos en los que los chinos discriminan a sus propios compatriotas. En algunos bares de Pekín, los occidentales entran gratis mientras los porteros de la discoteca hacen pagar a los clientes chinos. En la Universidad pasa algo parecido, donde los métodos occidentales son predominantes y la tradición cultural china muchas veces se pierde en el olvido. De esto se queja Wang Shu, unos de los arquitectos chinos más conocidos del momento, que expresa su frustración al ver cómo las escuelas de arquitectura sólo enseñan el modelo occidental. “Es frustrante porque se pierde toda la tradición y sólo unos pocos intentamos reinterpretar y revitalizar el estilo tradicional basado en el modo de vivir natural”.

Li Chen también es de las que no acaba de comprender la excesiva fascinación de los chinos por todo lo extranjero: “Los chinos son demasiado buenos con los extranjeros”, dice mientras denuncia una verdad obvia: “Cuando los occidentales vienen a China nosotros les tratamos muy bien, pero cuando nosotros vamos al extranjero… pues no nos tratan igual de bien”, dice con educación Li Chen, que sabe de lo que habla porque desde pequeña ha tenido la oportunidad de vivir en Japón, viajar por Estados Unidos y estudiar un año en Cuba durante la carrera.

Otra de las modas que ha llegado con fuerza a China es la de celebrar algunas festividades occidentales como Navidades, Halloween o San Valentín (todas ellas copiadas de la tradición estadounidense). “No sé por qué a los chinos les da ahora por celebrar la Navidad”, critica Li Chen, que aboga por aprender del extranjero pero sin olvidarse de las raíces culturales propias. “Lo de la Navidad es muy raro… es meramente un fenómeno comercial”, reconoce mientras expresa con cierta indiferencia el camino que ha seguido China en los últimos años: “estamos en un proceso de occidentalización y de comercialización, como en cualquier parte del mundo”.

Aiguo (爱国)

La pasión por el extranjero se combina en China con un gran nacionalismo, también en la universidad. El aiguo (amar a tu país) es considerado casi una asignatura y se enseña desde la educación primaria. Todos los lunes por la mañana, en los patios de los colegios e institutos del país, se lleva a cabo la izada de la bandera china acompañada por el himno nacional. En el instituto, los estudiantes tienen obligatoriamente clases militares bajo el nombre de “Defensa Nacional”.

Antes de la celebración del sexagésimo aniversario de la República Popular China el 1 de octubre de 2009, en un estadio de la provincia de Hunan, se celebró una competición de canciones patrióticas en la que participaron 30.000 universitarios: el lugar estaba repleto de enormes banderas del país y los estudiantes entonaban canciones de amor a la patria, a Mao Zedong y al Partido Comunista Chino. El nacionalismo empapa las aulas de colegios, institutos y universidades sin disimulo.

Imágenes de esa competición de canciones patrióticas

Al contrario de lo que pasa en muchos países europeos, el nacionalismo en China es visto con buenos ojos por la mayoría de la población. Aquí a casi nadie le sorprenden las canciones patrióticas o las banderas del país decorando las calles durante los eventos políticos más importantes. En las aulas pasa algo parecido: casi todos ven como algo normal que forme parte de la educación. Entre esta mayoría está Liu Xiaoyu, profesora de chino en la Universidad de Pekín, quien considera que “es algo importante que se tiene que enseñar en las escuelas”.

En la historiografía china, los períodos en los que China estuvo dividida son interpretados siempre como períodos de caos, guerra y pobreza. Por eso la unidad se convirtió en una obsesión permanente para los emperadores: había que mantener el país unido para asegurar la paz y la estabilidad. Hoy persiste la misma visión. El patriotismo es importante porque contribuye a la unidad del país, condición imprescindible para continuar con el desarrollo económico y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

Según varios profesores de Beida, la forma de enseñar “el amor al país” ha cambiado mucho en las últimas décadas. Liu Xiaoyu, que ha viajado por numerosos países occidentales, está contenta con la nueva educación nacionalista que ahora reciben los niños. Para Liu, se ha pasado de fomentar el amor por el Partido Comunista y sus líderes a un concepto más cultural y familiar. “Mi hija no sabe lo que es el Partido Comunista ni sabe muy bien quién es Hu Jintao”, dice sobre su hija de nueve años. Lo mismo opina Dong Linli, también profesora de chino en Beida: ahora “se enseña a ayudar a los demás, a querer a tus padres, a tu familia, a tu país”.

Con todo, para un europeo medio el fervor nacionalista que vive el país no deja de ser sorprendente. Las universidades se vuelcan en cada aniversario de la “madre patria” y una de las vacaciones más importantes del año es la celebración del Día Nacional. A lo largo de su historia, China se consideró el centro del mundo e hizo una clara distinción entre los que estaban dentro de sus fronteras (civilizados) y los que estaban fuera (bárbaros). Su propio nombre en chino, Zhongguo (中国), se podría traducir como “El Imperio del Centro”. Hoy, todavía se puede sentir un nacionalismo basado en la raza y que diferencia claramente entre los que forman parte de ella y los que no.

Este patriotismo se asienta en las raíces de una civilización milenaria, las humillaciones por parte de las potencias extranjeras en los siglos XIX y XX y el nuevo poder económico de China en las últimas décadas. Junto a estos tres factores se unen los intereses políticos del Gobierno, que fomenta el nacionalismo como forma de mantener unido el país e intentar llenar el vacío ideológico dejado por el Socialismo, cuyas ideas han sido olvidadas en la práctica desde 1978.

El profesor Yang, que lleva dando clases de Política Contemporánea China en la Universidad de Pekín desde 1985, es de los que piensa que hay que tener cuidado a la hora de fomentar el nacionalismo. Según este profesor, después de que las ideas socialistas-marxistas fueran descartadas por el Gobierno, éste se preguntó “cómo podía llegar al espíritu de la gente”. Y la repuesta fue el Nacionalismo.

Un movimiento que ha funcionado relativamente bien para el Partido Comunista, pero que el profesor Yang considera “peligroso” y ve con cierto “miedo”: “hay que tener cuidado a la hora de fomentarlo”. El Gobierno lo sabe y han sido numerosas las ocasiones en las que ha tenido que dar marcha atrás e intentar calmar a la población, que tras algunos incidentes con Japón, Estados Unidos o Francia se dedicó a promover boicots contra sus productos y atacar con piedras sus embajadas.

Todos estos elementos, intensificados con el nuevo poder de China (ya tercera economía mundial) y una opinión pública occidental que muchas veces ve con miedo el ascenso del país, han dado lugar a un nuevo nacionalismo chino que ha prendido entre los jóvenes universitarios y que ha sido denominado como Juventud Enfadada (fenqing, 愤青). Aunque no se trata de un grupo homogéneo, los fenqing comparten su pasión por la cultura china, su apoyo a un Gobierno que ha traído de vuelta a China al grupo de los países más poderosos y su oposición a la occidentalización cultural del país. Los más radicales defienden la utilización del ejército para solucionar disputas territoriales con países vecinos y abogan por un Gobierno más duro en sus relaciones con el extranjero, sobre todo con Japón y Estados Unidos. Los fenqing se pueden definir como nacionalistas radicales. Su enfado viene del poco respeto que ellos consideran el mundo tiene por China, muchas veces presentada en Occidente como una amenaza.

El libro de cabecera de esta “juventud enfadada” es “China puede decir no“, publicado en 1996 y que se convirtió en un éxito inmediato en todo el país. Sus autores se quejan de la influencia de Estados Unidos en China, critican a los intelectuales que se han dejado llevar por las ideas occidentales y denuncian el intento de muchos países por controlar el ascenso de China. El libro también se ceba con Japón, blanco preferido de los nacionalistas chinos debido a su pasado de ocupación, asesinatos y violaciones durante la primera mitad del siglo XX. El libro defiende que Tokio nunca debería tener un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y aboga por realizar boicots contra aquellos países que no respeten a China. En muchas de las manifestaciones nacionalistas de la última década, ya sea contra Japón, Francia o Estados Unidos, uno de los lemas más coreados por los jóvenes ha sido “China dice no”.

Aprovechándose de la polémica en torno a los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2009 se publicó otro libro, China no está contenta, que tomó el relevo de las publicaciones patrióticas y guía ideológica de los más nacionalistas. Uno de sus autores, Song Xiaojun, elogiaba a la nueva generación de jóvenes chinos, a los que llamaba “generación antorcha” o “generación de El Nido” (en referencia al estadio olímpico) y defendía su conocimiento del extranjero y sus “objetivos nobles”.

Todas estas ideas han prendido con fuerza en las universidades, que muchas veces son las que lideran las manifestaciones y boicots contra otros países. En los conflictos de Tíbet y Xinjiang, dos regiones con fuertes movimientos nacionalistas propios y que algunos consideran ponen en peligro la unidad del país, muchos consideran que el Gobierno es demasiado blando. En cuanto a la posible independencia de Taiwán, nadie tiene dudas: es parte de China y Estados Unidos debería dejar de apoyar militarmente a la isla. Cada vez que hay alguna polémica con Japón (desde la visita de sus gobernantes a las tumbas donde descansan criminales de la Segunda Guerra Mundial hasta la revisión de libros de texto – donde se relativizan los crímenes de Japón en Asia-), los jóvenes estudiantes están al frente de las manifestaciones. Los universitarios chinos son nacionalistas y patrióticos, aman a la “madre patria” y están orgullosos del nuevo resurgir de China en el mundo.

Después de algunas décadas en las que China se dedicó a copiar del extranjero, en los últimos años el país comienza a dar síntomas de confianza en sí mismo. Con una potente cultura milenaria y casi un quinto de los habitantes del planeta, el dragón asiático parece haber entrado en una nueva época en la que intenta exportar sus valores culturales y defender sus ideas propias.

Desde el impulso de Institutos Confucio por todo el mundo hasta la creación de medios globales de comunicación, China quiere luchar por mejorar su imagen pública en el mundo y aumentar su influencia cultural (lo que en relaciones internacionales se conoce como “poder blando”). “La gente asumió equivocadamente que en la medida en que China se hacía rica, se iba a parecer cada vez más a nosotros”, explica Mark Leonard, quien cree que el país ha entrado en una nueva época en la que intentará pensar por sí misma y buscar un modelo de desarrollo propio. Lo mismo opina Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, que resumía el sentimiento de superioridad que se vivió en el país tras el estallido de la crisis económica en septiembre de 2008, que afectó menos a Pekín que a los países desarrollados: “El culto inquebrantable de China a Occidente se ha acabado”.

 

Entre los acontecimientos históricos protagonizados por los “jóvenes enfadados”, un incidente producido durante la guerra de Kosovo puede ser considerado como uno de los más importantes. En mayo de 1999, durante el transcurso de esta guerra, seis bombas de la OTAN cayeron sobre la embajada china en Belgrado y causaron la muerte de tres de sus ciudadanos. Aunque las altas instituciones de la OTAN y EE.UU. declararon que había sido un accidente, muy pocos creyeron esta versión en China. El percance provocó un importante conflicto diplomático entre Pekín y Washington y las manifestaciones anti、estadounidenses se extendieron por todas las grandes ciudades chinas. En Pekín, miles de manifestantes se lanzaron a las calles con banderas chinas, cantando el himno nacional y coreando frases como “Abajo el Imperialismo yanqui”, “abajo la OTAN” o “No comas en el McDonald´s”. La marcha se dirigió hacia las embajadas del Reino Unido y Estados Unidos, sobre las que los manifestaciones lanzaron piedras y rocas.

Pero esta respuesta se combinó con otra mucho más racional y que muestra a la perfección las relaciones de amor-odio que los universitarios chinos mantienen con el extranjero. Al mismo tiempo que se producían las manifestaciones en contra de la OTAN, en Beida una cola enorme de estudiantes salía de la oficina de Relaciones Internacionales de la universidad. Era la cola para irse a estudiar a Estados Unidos.

Malentendidos

El 16 de abril de 2008, mientras comía junto a algunos compañeros de clase en una de las cantinas de la universidad, recibí un mensaje de Hui Wen, estudiante de Filología Inglesa en la Universidad de Pekín:

“Entre el 8 de mayo y el 24 de mayo, no vayas a comprar al Carrefour. El Carrefour ha donado dinero al Dalai Lama para apoyarle en la independencia del Tíbet. El presidente de Francia quiere boicotear los Juegos Olímpicos. ¡Ahora nosotros vamos a boicotear el Carrefour!”.

Éste y otros mensajes corrieron como la espuma por la mayoría de campus universitarios del país, en una buena muestra de lo mal que sentó la reacción de Occidente tras los altercados en Tíbet de 2008.

En marzo de ese año, a pocos meses de la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín, varios cientos de tibetanos tomaron las calles de Lhasa para destruir y quemar locales de chinos han, la etnia mayoritaria del país. El gobierno de Pekín envió al ejército para controlar la situación, aumentó los controles sobre los monasterios, cerró la entrada a los extranjeros y castigó con dureza a todos los que habían participado en las manifestaciones.

La interpretación de estos acontecimientos en China y en Occidente fue tan diferente, que durante esas semanas uno tenía la sensación de estar atrapado entre dos mundos irreconciliables. Los medios occidentales se olvidaban de la naturaleza violenta de las manifestaciones, idealizaban al Dalai Lama y criticaban la represión china; mientras, la prensa de Pekín defendía los progresos conseguidos en la región, definía los actos de los tibetanos como terroristas y demonizaba la figura de su líder espiritual. La tensión se incrementó con el recorrido de la antorcha olímpica por Londres, París y San Francisco, donde cientos de manifestantes expresaron su rechazo al Gobierno chino y su apoyo a la causa tibetana. Las llamadas desde Occidente a un boicot de los Juegos Olímpicos no hicieron sino aumentar el desconcierto de la mayoría de ciudadanos chinos, que contemplaban con sorpresa lo que consideraban una campaña contra su país.

Durante esos meses, la tensión en el campus de Beida se palpaba en el aire. Mis amigos chinos me mandaron numerosos emails criticando a Occidente y quejándose de su apoyo al Dalai Lama. En ocasiones, algunos de mis inocentes emails preguntando por cualquier tema trivial venía con respuestas exaltadas criticando la postura de los países occidentales respecto a Tíbet. En este caso, como casi siempre, los universitarios chinos estaban mucho más dispuestos a salir en defensa de su gobierno y de su país que a manifestarse en contra.

Los eventos de 2008, que situaron a China en el centro de la opinión pública mundial, pusieron sobre la mesa algunos de los aspectos de las complejas relaciones entre China y Occidente. Al frente del movimiento de crítica a los medios occidentales se situó un joven estudiante de Periodismo de la Universidad de Tsinghua, Qi Hanting, que creó durante esos días la página web anti-cnn, donde se pretendía “mostrar las mentiras y distorsiones de los medios occidentales”. La página sobrepasó los cinco millones de visitas diarias durante el mes de abril y muchos lo sitúan como uno de los acontecimientos más importantes en la historia de las redes sociales en China. En ella se mostraba como algunos medios occidentales habían utilizado fotos de Nepal para criticar la violencia de los policías chinos, se habían editado imágenes para dejar a tibetanos armados fuera de la foto y otras manipulaciones informativas.

El propio autor de la página web explicaba el cambio radical que se había producido con los altercados en Tíbet: en una encuesta realizada antes de estos incidentes en una de sus clases de periodismo, sólo un 10% de los estudiantes creía en los medios chinos, mientras que más de un 50% creía en los medios occidentales. “Sin embargo, tres meses después, creo que nadie pensará igual. De hecho, no es una contribución hecha por la web anti-CCN, sino conseguida por los propios medios occidentales”, declaró Qi Hanting.

 

Uno de los vídeos que causó más furor en la web anti-cnn durante esos días.

Para el público occidental, estas críticas a la labor de sus medios de comunicación no tienen mucho sentido. Para los que vivimos aquí, a más de uno nos sacaron los colores. Entre el retrato que la mayoría de medios hacen sobre China y la realidad hay un trecho enorme. Muchos de los que han venido aquí, aunque fuera por sólo unas semanas, se han despedido de mí en el aeropuerto con la misma frase: “Esto no es como nos lo habían contado”.

La parcialidad de los medios occidentales al hablar de China es un tema muy presente en la sociedad china y en todos los que escribimos sobre este país. La mayoría de ocasiones, los periodistas occidentales nos sentimos atrapados entre la propaganda china, que controla sin disimulo la opinión pública, y la prepotencia de Occidente, que sólo destaca los aspectos negativos. Uno de los corresponsales en Pekín de un diario español reconocía que ya no quería escribir más sobre temas políticos: “Estoy cansado. Ya no quiero escribir más sobre Xinjiang o Tibet. Entre lo que yo escribo y lo que el diario publica… pues no tiene nada que ver”. Muchos de los periodistas que trabajan en China, yo incluido, hemos visto cómo desde Madrid nuestros artículos eran retocados y el titular cambiado para destacar esa idea de “la China mala”. Los universitarios chinos y la web creada por el estudiante de Tsinghua reflejaron a la perfección este fenómeno.

De seguir así las cosas, los enfrentamientos mediáticos entre Occidente y China seguirán durante los próximos años. Ambos mundos parecen enfrentados en una especie de batalla informativa por representar la verdadera China. Los universitarios chinos de hoy, una generación orgullosa de su país y que consulta los medios en inglés, contemplan con indignación lo que consideran un trato injusto hacia China. Desde blogs, redes sociales y webs, ellos seguirán defendiendo a su país.

Fuentes

► Todas las fuentes han sido incluidas en forma de links a lo largo del capítulo. Para más detalles, pues leer en ZaiChina todos los capítuloscomprar la versión impresa o hacerte con el libro para tu Kindle.

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3 Comments

  1. 丹尼尔

    Impresionante, felicidades a su autor, he pasado un buen rato leyendo el artículo.

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  2. Gracias por estas observaciones y perspectivas integrales e imparciales. He podido observar a nosotros mismos los jóvenes de China.

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