Educación, Sociedad

3 – Ciudad Universitaria

Nota: El siguiente texto forma parte del libro “Universitario en China. Así son los futuros líderes del país”, escrito por Daniel Méndez con el apoyo de la Fundación ICO. En él se analiza la evolución de las universidades chinas y la forma de vivir y pensar de sus estudiantes, intentando explicar muchas de las transformaciones que ha vivido el país en los últimos 30 años. Hoy ofrecemos el tercer capítulo, donde se analizan los dormitorios, los precios de matriculación, la forma de vida y las relaciones sentimentales de los jóvenes universitarios. Actualización: puedes leer en ZaiChina todos los capítuloscomprar la versión impresa o hacerte con el libro para tu Kindle.



Hace 30 años

Jan Wong es una canadiense que llegó a la Universidad de Pekín en 1972, en plena efervescencia maoísta y en medio de la Revolución Cultural. De descendientes chinos, Jan Wong era una hippie convencida, contraria a la Guerra de Vietnam y anti‐capitalista. En un intento por saber más sobre sus raíces chinas y sobre todo por vivir en “un país socialista feliz”, Jan Wong fue una de las primeras occidentales en ser admitida en una universidad china.

Lo que vivió en aquella tormentosa época en Beida no se pareció mucho a la sociedad idealista con la que había soñado. Durante la Revolución Cultural (1966‐1976), la inmensa mayoría de centros educativos, desde la enseñanza primaria hasta la universidad, habían quedado paralizados por un movimiento político que pretendía asegurar las raíces proletarias y rurales del Partido Comunista Chino. Este movimiento, que en realidad fue lanzado por Mao Zedong para librarse de sus rivales políticos, provocó la persecución de cualquier intelectual, enemigo del Partido o contrarrevolucionario. La Revolución Cultural fue uno de los períodos más traumáticos de la historia de China y colocó a todo el país en un estado de paranoia colectiva que a día de hoy todavía es difícil de explicar. Se puede decir que la educación no existió durante los diez años que duró.

Fue en medio de todo este caos en el que Jan Wong llegó a Beida. La universidad, como buque insignia de la educación superior china y refugio de intelectuales, se convirtió en una batalla campal. Los estudiantes, convertidos en Guardias Rojos, perseguían, escupían y humillaban a los profesores, muchos de los cuales fueron enviados al campo para “reformarse” o murieron en las duras sesiones de autocrítica. Cuando ya no quedaron profesores, los propios estudiantes se enfrentaron en una guerra abierta para demostrar cuál de las facciones era la más puramente maoísta y revolucionaria. “Era peligroso simplemente pasear por el campus”, le explicó un profesor nada más llegar. “Los estudiantes usaban tirachinas y catapultas para organizar emboscadas a sus enemigos. La gente luchaba unos contra otros en las zonas deportivas”. La situación en Beida no era de las más dramáticas: en Tsinghua, los aspirantes a ingenieros llegaron a construir lanzaderas de cohetes y cañones.

En 1972 no existía el gaokao y los estudiantes entraban a la universidad a través de recomendaciones según su bagaje político y fidelidad al régimen. A los estudiantes se les denominaba “trabajadores‐campesinos‐soldados estudiantes”. Los sábados y domingos eran los propios estudiantes los que cavaban con sus propias manos y colocaban ladrillos para construir la biblioteca y la piscina de la Universidad.

“La Revolución Cultural había destrozado todos los diccionarios y libros de lengua”, escribe Jan Wong, que como maoísta convencida tardó en darse cuenta de la locura a la que estaba sometida. Escuchar a Beethoven en aquella época estaba prohibido y no había películas ni obras de teatro occidentales. Un día, su madre le envió algunos ejemplares de la revista Newsweek, que nunca llegaron a sus manos: “Los tres números de Newsweek que me envió mi madre fueron confiscados como propaganda contrarrevolucionaria”. Hoy, más de 30 años después, Jan Wong se sorprendería al ver todos los números de la revista estadounidense en la flamante nueva biblioteca.

Las condiciones materiales, en un contraste que los universitarios de hoy sólo pueden imaginar a través de los relatos de sus padres, eran espartanas. La comida era espantosa y “las sandías era tan escasas que necesitabas la receta de un médico para poder comprar una”.

La diferencia con los campus universitarios de hoy no es sólo espectacular si lo comparamos con la época de la Revolución Cultural, sino también con la década de los 80. Cuando John Pomfret, por aquel entonces estudiante de historia, se levantaba a las seis en punto de la mañana en 1981 en la Universidad de Nanjing, lo primero que escuchaba eran las palabras del despertador nacional: “incrementar la vigilancia, proteger a la madre patria y prepararse para la guerra”.

El estadounidense John Promfret se encontró con una China reacia a los extranjeros, donde los contactos con ellos todavía estaban mal vistos y cada vez que un estudiante entraba en su habitación debía dar sus datos personales a los guardias de seguridad, que pasaban sus nombres y direcciones al personal de seguridad. Su correo personal era cuidadosamente leído antes de llegar a sus manos.

Según las distintas directivas, que podían cambiar cada pocas semanas, los estudiantes chinos debían cuidar su aspecto físico para evitar tendencias burguesas, lo que implicaba que los chicos debían cortarse el pelo y las chicas debían llevarlo siempre recogido.

“El sexo antes del matrimonio estaba prohibido; aquellos descubiertos eran expulsados de la universidad”, escribe Promfret, que después trabajó como periodista para Associated Press y The Washington Post. Las relaciones sentimentales con extranjeros estaban todavía peor vistas. Pomfret cuenta cómo el chino Song Liming, después de haber mantenido relaciones con una italiana, tembló de miedo cuando alguien picó a la puerta en la que se encontraban. Un mes antes, una china había sido sentenciada a tres años de cárcel tras mantener relaciones sexuales con un australiano.

Todas estas anécdotas son cosa del pasado. Hoy ya no hay atisbo de aquellas persecuciones políticas en el campus, la prohibición de relaciones sexuales o los despertadores propagandísticos. En la China de hoy, las relaciones entre occidentales y chinos no sólo son normales, sino que más de uno aprovecha las noches de luna llena para mantener relaciones sexuales en los jardines del campus.

Hoy

Lo primero que sorprende al llegar a la Universidad de Pekín (Beida), situada al noroeste de la ciudad, en el distrito de Haidian, es su magnitud. El campus principal, muy cerca de monumentos tan importantes como el Palacio de Verano o los jardines de Yuanmingyuan, es una extensión de 274 hectáreas donde se combinan residencias, restaurantes, peluquerías, tiendas de flores, anfiteatros, hoteles, departamentos, bibliotecas, supermercados, tiendas de fruta, librerías, un hospital y prácticamente cualquier cosa que un estudiante pueda necesitar en su vida diaria. En este sentido, Beida hace honor casi literal al nombre de “ciudad universitaria”.

En los días de otoño y primavera, la universidad es un lugar maravilloso para pasear. Frente al bullicio y caos de Pekín, Beida es un remanso de paz adornado con jardines, un lago donde se puede patinar en invierno y una pagoda conocida en todo el país. Antes de convertirse en universidad, el campus formaba parte de los jardines imperiales de la Dinastía Qing, con lo que combina numerosas casas y tejados tradicionales con los edificios modernos construidos en los últimos años. Beida pasa por ser no sólo una de las mejores universidades del país, sino también la más bonita.

La inmensa mayoría de los 35.000 estudiantes de la Universidad de Pekín vive dentro del campus. Una de ellas es Li Chen, de mirada inteligente y sonrisa siempre a punto, que ha pasado todos sus años en Beida compartiendo su habitación de unos diez metros cuadrados con otras tres chicas. Las habitaciones suelen ser como la de Li Chen, de cuatro literas (en otras universidades seis, ocho o hasta diez), cada una con un escritorio y un armario. Son habitaciones sencillas y humildes, con lo justo y necesario, donde la privacidad no existe. En los cuartos, tres tipos de objeto se repiten de habitación en habitación: ropa, libros y un ordenador portátil por persona.

La habitación de Li Chen no dispone de baño, pero tiene la suerte de que estos servicios se encuentran en el mismo edificio. A ella le basta con recorrer algunos metros del pasillo para darse una ducha (tras el pago de ocho céntimos de yuan ‐0.08 euros‐), pero en otras habitaciones los baños se encuentran en otro edificio. Una de las imágenes más típicas del campus es la de estudiantes que pasean con la toalla y el neceser en la mano camino de las duchas públicas. En los meses de invierno, cuando Pekín puede llegar a los quince grados bajo cero, hay que tener valor para ducharse en Beida.

Las habitaciones disponen de calefacción, pero no tienen aire acondicionado (en verano las temperaturas sobrepasan los cuarenta grados centígrados) ni televisión. La ropa se lava a mano para ahorrar dinero o en las lavadoras de la universidad (a 3,5 yuanes ‐0,35 euros‐). La electricidad se apaga a las once de la noche en todos los edificios y, aunque en Beida los estudiantes pueden volver por la noche a la hora que quieran, en otras universidades suelen cerrar las puertas a medianoche.

Todos los meses, un responsable de la universidad visita las habitaciones para comprobar el grado de limpieza y orden, y los estudiantes reciben una puntuación que se cuelga a la entrada del edificio. Si la puntuación es muy buena durante varios meses, los universitarios reciben tickets para lavar la ropa gratis. Li Chen es de las que no presta mucha atención a estas inspecciones: “no nos importa mucho, somos muy desordenadas”, dice con una sonrisa.

Los compañeros de cuarto son seleccionados por la universidad según el año y la Licenciatura de los estudiantes. Esto provoca un sentimiento de camaradería y amistad muy fuerte, ya que la mayoría de compañeros de cuarto comparte asignaturas, horarios y aficiones. En la habitación de Li Chen, tres de las estudiantes cursan estudios de Filología Hispánica (como ella) y la cuarta de Filología Árabe. Para los que llegan de otras provincias, es muy fácil hacer amigos en la universidad.

Que los estudiantes vivan dentro del campus y en habitaciones de cuatro, seis u ocho personas puede ser considerado por muchos occidentales como algo extraño, pero lo cierto es que la mayoría de los chinos lo asume con naturalidad. Todo el mundo lo hace en un país en el que se ha pasado mucha necesidad en las últimas décadas y donde el alojamiento fuera de la universidad es mucho más caro. Además, vivir en el campus, como apunta la mayoría de jóvenes, es muy práctico: las aulas están a cinco minutos andando, tus amigos siempre están disponibles y en la universidad encuentras todo lo que necesitas. Muchos de los estudiantes ya han vivido en las residencias de sus respectivos institutos, así que a nadie le cuesta mucho adaptarse a las condiciones de vida en la universidad.

Vivir en el campus es tan práctico y normal, que incluso los estudiantes de Pekín se mudan a los dormitorios. Li Chen, activa en numerosas actividades dentro y fuera de la universidad, es una de tantas pequinesas que ha preferido vivir en el campus, incluso en los meses de verano en los que no tenía clases. Sus padres tienen un bonito apartamento cerca de Beida y con transporte público directo, pero ella prefiere la libertad de vivir sin ellos. “La vida universitaria es más divertida que la vida familiar, además, es más práctico para ir a clase”. Frente a una juventud española que a duras penas se va del hogar familiar hasta los 25 ó 28 años, casi ningún universitario chino vive con sus padres.

Un año en uno de estos dormitorios cuesta entre 750 y 1.200 yuanes (75 y 120 euros) al año, cifras inferiores a las que muchos extranjeros pagamos al mes en Pekín. Los dormitorios en las más caras escuelas de arte, como el Conservatorio de China, pueden llegar a los 2.000 yuanes al año (200 euros), lo que es todavía muy barato para los elevados precios que se manejan en la capital de China. Una habitación en la zona residencial de Huajing Jiayuan, situada en el cercano barrio de Wudaokou y muy popular entre los extranjeros, no suele bajar de los 1.800 yuanes (180 euros) al mes. Li Chen reconoce con humor lo barato que es el alojamiento para los universitarios: “es el único aspecto de China que me parece socialista”. Vivir en los dormitorios de la universidad es un lujo económico.

Estos precios tan bajos hacen muy fácil la movilidad de estudiantes entre una y otra provincia. Mientras en España y otros países europeos hay que hacer un desembolso considerable para mudarse a otra región, en China casi nadie deja de estudiar en otras ciudades por motivos económicos. Con la movilidad, los estudiantes salen de sus provincias natales y se encuentran con gente de todos los rincones de China, lo que provoca un gran intercambio cultural y para muchos supone el verdadero descubrimiento de su propio país. Hu Shaocheng, antiguo estudiante de Beida y que actualmente está trabajando en el Departamento Pedagógico de la universidad, asegura que en Beida sólo el 5% de los estudiantes son originarios de Pekín. En el resto de universidades del país la mayoría siempre suelen ser locales, pero Beida es conocida por captar sólo a los mejores de cada provincia.

En las universidades chinas, el alojamiento durante un año es mucho más barato que las matrículas de la universidad, que han experimentado un ascenso espectacular en las últimas décadas. Tras la fundación de la República Popular China y hasta 1987, las universidades fueron siempre gratuitas. Desde que se comenzaron a cobrar tasas, el precio ha pasado de los 200 yuanes (20 euros) de 1989 a los 5.000 (500 euros) que se cobran hoy. En un país con diez veces menos renta per cápita que España, las tasas de la universidad no son mucho más baratas que en nuestro país.

Mientras en 1985 tan sólo había un comedor en toda la universidad y los estudiantes podían comer poco más que bollos de pan y arroz (algunos incluso hablan de las deficiencias gastronómicas como uno de los motivos detrás de las manifestaciones estudiantiles de 1989), en la actualidad hay tantos restaurantes y comedores, que en dos años uno no tiene tiempo de conocerlos todos. Hay comida de casi todas las regiones del país, occidental, coreana y musulmana, una bollería al estilo occidental donde comprar pan, lugares especiales para el desayuno y varias cafeterías. Las cantinas más populares, que normalmente abren de 11:30 a 13:30 horas y de 17:00 a 19:00 horas, están siempre llenas de estudiantes que comen por entre cinco y diez yuanes (0,50 y 1 euros).

Cuando Li Chen habla de lo divertida que es la vida universitaria no se refiere sólo a la facilidad para hacer amigos y entablar relaciones (en un ambiente que se parecería a un colegio mayor gigantesco en España), sino también a la oferta cultural y deportiva de Beida. Por el Salón de Actos de la Universidad, conocido en todo Pekín y al que acude mucha gente de fuera del campus, pasan algunas de las compañías de danza y teatro más conocidas del país. El Salón de Actos también acoge debates y proyecta películas, todo ello a precios de ganga en comparación con el resto de actividades de la ciudad. Beida está repleta de canchas de baloncesto, fútbol, tenis, un gimnasio, pistas de atletismo y piscina, con lo que el campus suele estar lleno desde las seis de la mañana de universitarios que disfrutan de unas instalaciones excelentes y casi gratis a tan sólo cinco minutos de su casa. Muy poca gente en Pekín puede decir lo mismo.

Otra de las ocupaciones preferidas de los estudiantes son las asociaciones estudiantiles. Éstas están formadas por un grupo de alumnos con intereses comunes que se juntan para desarrollar actividades, pero su nivel de profesionalización y seriedad puede llegar a sorprender a los universitarios no familiarizados con ellas. En Beida hay más de 200 de todo tipo: de té, de guitarra, de canto, de montaña, de bicicleta, de asuntos internacionales, de negocios, ajedrez, artes marciales, natación… las asociaciones estudiantiles de Beida abarcan casi cualquier cosa imaginable y constituyen una parte importante de la vida de los universitarios.

Al tratarse de Beida, un campus donde todo cobra más importancia, algunas de ellas tienen una responsabilidad importante en la vida de la universidad. Entre las más conocidas está la SICA (Students’ International Communication Association), donde Li Chen fue vicepresidente, que con más de 100 miembros se encarga del diálogo entre los estudiantes chinos y los extranjeros. A parte de desarrollar proyectos de apoyo a las escuelas rurales, asignar tutores chinos a los estudiantes extranjeros u organizar actividades culturales para los foráneos, la SICA es la encargada de coordinar la visita de altas personalidades extranjeras a la universidad, entre ellas las de los últimos años de Koffi Annan, Jacques Chirac o el primer ministro australiano Kevin Rudd.

Ir de corrupción

Junto a esta vida universitaria, la forma preferida de ocio de los universitarios es salir a cenar juntos o, como ellos dicen en clave de humor, “ir de corrupción” (qu fubai, 去腐败). La expresión hace referencia a los grandes banquetes que celebran muchos de los funcionarios chinos, que utilizan el dinero público para agasajar a empresarios y personas con influencia. Todo ello en un restaurante y en torno a una mesa redonda, con decenas de platos y bebidas de por medio. Si en Occidente, y más todavía en España, se podría decir que el ocio de los jóvenes está basado en salir de fiesta (bares, discotecas, alcohol), los jóvenes chinos prefieren compartir una buena cena junto a sus amigos.

Si la ocasión lo merece, el siguiente paso después de la cena es el karaoke. Esta es la principal forma de ocio de la mayoría de jóvenes asiáticos y China no es la excepción. Los karaokes chinos tienen poco que ver con la idea que en Occidente se tiene de ellos. Aquí los KTVs (como se les conoce coloquialmente) están formados por pequeñas salas privadas de unas diez personas. En China no se canta para todo el bar; se canta con y para los amigos. Las salas de los karaokes son el espacio privado en el que los jóvenes se sienten más a gusto: allí se canta, se come, se fuma y se bebe. Es su espacio y pueden hacer lo que quieren.

Debido a la gran influencia occidental, en las principales ciudades chinas están proliferando todo tipo de bares y discotecas, a las que muchos jóvenes chinos se van acostumbrando. Si en 1991 se abría en Pekín el primer bar propiamente dicho y al que sólo acudían extranjeros (el famoso Frank´s Place), en la actualidad la capital de China cuenta con 19 mega‐clubs (locales de 18 más de mil metros cuadrados) y unos 400 bares nocturnos. La mayoría de jóvenes chinos siguen pensando que esta forma de diversión es ajena a su cultura y prefieren los restaurantes y karaokes, pero cada vez son más lo que se dejan llevar por el alcohol y las pistas de baile. En los dos años que he estado en Pekín, han sido muchos los amigos chinos que, una vez dentro, me confesaban asombrados: “nunca antes había estado en un bar”.

En este sentido, los universitarios chinos son mucho más sanos que sus contemporáneos occidentales. En un país que cuenta con el mayor porcentaje de fumadores del mundo, son muy pocos los universitarios (y todavía menos en las mejores universidades) que disfrutan de los cigarrillos. El resto de drogas, que muchos occidentales consiguen sin demasiados problemas en las grandes ciudades chinas, son algo tan marginal que es difícil encontrar a alguien que las haya probado.

El amor comienza en la universidad

En mis conversaciones con familiares y amigos cuando vuelvo a España, casi todo el mundo suele compartir una curiosidad sobre China: las relaciones sentimentales. Para explicar el marco general en el que se mueven el amor y el sexo, un buen ejemplo es la comparación entre la famosa serie estadounidense “Sexo en Nueva York” (Sex in the City) y su versión china, que cambió el título a “Que ganas tengo de enamorarme” (haoxiang haoxiang tanlianai, 好想好想谈恋爱). Sólo por el nombre de las dos series, que comparten estilo, situaciones y personajes, nos podemos hacer una idea de las diferencias más evidentes. En la serie china no hay escenas de sexo, la mayoría de conversaciones giran en torno al matrimonio, no hay relaciones homosexuales y toda la serie destila un tono inocente muy acorde con la sociedad china. Para una mujer occidental acostumbrada a “Sexo en Nueva York”, los diálogos de las cuatro protagonistas chinas de 30 años se parecen mucho más a conversaciones de quinceañeras en el instituto.“Que ganas tengo de enamorarme” es como “Sexo en Nueva York”, pero sin sexo.

Las relaciones en China, que han experimentado toda una revolución liberalizadora en las últimas décadas, se parecen en cierta medida a lo que pasa en otros países asiáticos como Japón o Corea del Sur. En comparación con los occidentales, los universitarios chinos tienen menos relaciones, con menos gente y más tarde. Los chinos son más inocentes, le dan mucha más importancia a las relaciones y el matrimonio es casi siempre el objetivo final. El sexo sigue siendo muchas veces un tema tabú, del que se habla poco y sólo se practica con tu novio/a oficial después de mucho tiempo.

Si el amor no llega hasta la universidad es porque las relaciones en escuelas e institutos están prohibidas. No existe ninguna ley al respecto, pero un gran parte de la sociedad (sobre todo padres y profesores) considera que sucumbir al amor durante esos años empeorará sus notas en la escuela y puede arruinarles el resto de sus vidas. En ocasiones, si los profesores descubren algún tipo de comportamiento amoroso entre sus estudiantes, les suelen llamar la atención o hablar con sus padres. Aunque esta “ley social” se ha relajado en los últimos años, son muchos los jóvenes que deciden renunciar al amor en la adolescencia para centrarse en los estudios. Como consecuencia de esto, con un poco de suerte los primeros besos llegan en la universidad.

La virginidad sigue siendo un tema importante en los campus y provoca discusiones acaloradas entre las estudiantes, que debaten y cuentan sus experiencias cuando las luces del dormitorio se apagan a las once de la noche. Xiao Mao, recién Licenciada en Filología China por la Universidad Normal de Pekín (Beishida), es una de esas mujeres que prefiere llegar virgen al matrimonio. Aunque es una universitaria atípica en muchos sentidos, que domina el inglés, le gusta ir a bares occidentales y tiene muchos amigos extranjeros, en el apartado sexual sigue siendo bastante conservadora. “Desde pequeña mi madre me ha dicho que no debo tener relaciones sexuales, así que ahora me da miedo”, dice en uno de los restaurantes cercanos a su universidad. “La mayoría de hombres, si se casan contigo, quieren que todavía seas virgen”, comenta resignada. Aquí es donde reside su mayor miedo: encontrar a la persona perfecta y que el no ser virgen sea un problema. “Tengo miedo a que mi novio, una persona a la que yo quiera mucho, me rechace por eso… y si pasa eso… ¿qué hago?”.

Como en casi todos los aspectos de la vida china, el pragmatismo está a la orden del día en las relaciones. “El matrimonio es un negocio”, dice Li Chen mitad en broma mitad en serio. Y lo cierto es que muchos en China, por encima de otras consideraciones, creen que su pareja debe tener dinero y recursos. En chino hay una expresión, youfang, youche, (有房有车) que viene a expresar las cualidades de una pareja perfecta: “tener casa, tener coche”. En un país en el que “enriquecerse es glorioso”, las relaciones sentimentales pueden ser una de las formas más fáciles de conseguirlo. El amor muchas veces es secundario.

El pragmatismo sentimental es un fenómeno todavía más evidente en las escuelas de arte (sobre todo música y cine), donde la mayoría de universitarias no duda en mantener relaciones con profesores, funcionarios o jefes del mundo del espectáculo para hacerse famosas y conseguir dinero. Feifei, recién Licenciada por el Conservatorio de China, asegura que un 70% de las estudiantes de su facultad tiene relaciones con hombres sólo por dinero o para conseguir un trabajo. A la entrada del Conservatorio de China, es frecuente ver a las estudiantes llegar a clase en flamantes coches, todos ellos regalados por sus amantes con dinero e influencias. “En mi escuela a las estudiantes sólo les interesa ganar dinero y hacerse famosas”, dice con naturalidad Feifei, en una muestra clara de la normalidad con la que se asume este tipo de comportamiento. Y pasar por la cama de los que mueven los hilos del arte es una buena opción.

Feifei, que el último año ha estado saliendo con un chico polaco, se ha encontrado con el mismo problema a la hora de encontrar trabajo: “Si quieres conseguir un buen trabajo tienes dos opciones: o pagar dinero, o acostarte con el jefe… y hay muchas estudiantes que lo aceptan”. Pero esta estudiante de música, que no entra en esa mayoría de mujeres que se preocupan por su virginidad, no está dispuesta a pasar por eso: “A mí me gusta hacer el amor, así que lo hago con la persona que me gusta. Pero no lo haría por dinero o por trabajo”.

Otra de las particularidades del amor en China es la influencia de los padres, que en muchos casos se convierten en las celestinas de sus hijos. En Pekín y en Shanghai son conocidos los dos parques de la ciudad (Zhongshan Gongyuan y Renmin Gongyuan) a donde acuden los padres una vez a la semana para intentar buscar pareja a sus descendientes. Los progenitores acuden con una especie de currículum donde detallan las virtudes de sus hijos: una fotografía tamaño carnet, altura, ocupación, sueldo mensual, marca del coche y metros cuadrados de la casa.

En su caso, Feifei tiene una madre que intenta ocuparse de su vida amorosa. Cuando volvió a su casa para celebrar el Año Nuevo Chino con su familia de Shaoxing, en la provincia de Zhejiang, su madre la estaba esperando con impaciencia. Sabía que su hija llevaba saliendo con un chico polaco desde hacía seis meses y, disconforme con que Feifei tuviera un novio extranjero y sin muchos recursos económicos, había buscado cuatro chicos para presentarle. “Mi madre no quiere que esté con mi novio, así que me presenta a otros hombres”, dice Feifei con resignación. En una ocasión, uno de ellos se presentó en su casa sin avisar para cenar con toda la familia.

La homosexualidad es vista como algo “raro” o incluso “una enfermedad” por muchos universitarios, cuya sinceridad no entiende de lo políticamente correcto y no tienen ningún problema en reconocerlo. Ser homosexual en China lleva en la mayoría de los casos a la incomprensión, discriminación en el mundo laboral y rechazo social y familiar. El primer festival homosexual fue organizado en 2001 precisamente por universitarios de Beida, que para esquivar los controles de las autoridades lo convocaron bajo un nombre todavía poco conocido en la china continental, tongzhi -同志- (que durante mucho tiempo significó en el vocabulario comunista “camarada”). Tres días después de su comienzo, el Gobierno prohibió el Festival.

Frente a esta visión mayoritaria, los homosexuales cada vez encuentran más lugares de diversión y una mentalidad más abierta en las grandes ciudades. Shanghai y Pekín cuentan con discotecas donde los no heteroxuales montan fiestas espectaculares. En junio de 2009, Shanghai acogió la primera semana del Orgullo Gay, que aunque no contó con el tradicional desfile por el centro de la ciudad, organizó festivales de cine, obras de teatro y conferencias sobre el tema. La homosexualidad fue considerada delito hasta 1997 y entraba dentro de las “enfermedades mentales” hasta 2001. En la actualidad, películas (Butterfly, East Palace West Palace), libros (A Diary Across the Ocean, Courage ‐los dos escritos por Xiao Jie‐) y programas de televisión están consiguiendo que la sociedad se abra poco a poco a todas las tendencias sexuales.

Otra de las cosas sorprendentes de los universitarios chinos, a pesar de la política del hijo único, es su desconocimiento del sexo y los métodos anticonceptivos. En China, las clases sexuales en escuelas e institutos no existen. Los padres no están acostumbrados a hablar con sus hijos de estos temas y la información no está presente en medios de comunicación. El Gobierno lleva a cabo cada pocos meses algunas campañas de decoro y comportamiento moral que acaban con la censura de páginas pornográficas o eróticas y el corte de escenas sexuales en películas. El resultado, en una juventud que en comparación con décadas precedentes tiene muchas más relaciones, es que todos los años, según cifras que no recogen el gran número de abortos que no se realizan en centros oficiales, abortan en China 13 millones de mujeres (en los veintisiete países de la UE, con menos del mitad de la población china ‐unos 500 millones de personas‐, la cifra era de 1,2 millones en 2007).

La mayoría de universitarios, sobre todo en las mejores universidades como Beida o Tsinghua, se mueven en esta dimensión que muchos podrían calificar de mojigatería. En algunos aspectos se parece a la España de los 70, aunque sin una religión que pretenda sentar las bases de los principios morales. En China, las restricciones sentimentales y sexuales están más influidas por consideraciones morales y sociales, una lectura estricta de la herencia confuciana, la familia y la presión primero por entrar en una buena universidad y después por conseguir un buen trabajo. Li Chen, que no encaja en este modelo de universitaria tradicional, lo expresaba en muy pocas palabras: “Nunca he tenido un novio de Beida, están demasiado ocupados estudiando”.

Aún así, los cambios en este aspecto, como tantos otros en China, son espectaculares. Para la mayoría de padres chinos, sus hijos viven en una época de apertura y oportunidades desenfrenadas. Desde la música hasta las películas, China atraviesa un momento de cambios en las relaciones sentimentales y sexuales, todas ellas tendentes a dar mayor libertad al individuo y a librarse del peso de la tradición y el control del Estado y la familia.

Encerrados en Beida

Es viernes por la noche, ella se llama Zui y lleva viviendo cuatro años en Pekín. Estudia Filología China en la Universidad Normal de Pekín y, cuando llega a mi casa, acompañada por su compañera de cuarto, lleva una falda discreta y un poco de maquillaje, nada exagerado pero una muestra de que ha querido arreglarse. La noche lo merece. Para Zui, ésta es una de las pocas veces que sale de la universidad y la primera vez que acude a Houhai, uno de los sitios más populares de la ciudad para salir por la noche. No se trata de un lugar lleno de extranjeros, macro‐discotecas y bebidas caras (como podría considerarse la más conocida zona de fiesta de Sanlitun), sino de un bonito lago donde el ambiente es más relajado y la mayoría de clientes son chinos. Houhai se encuentra a tan sólo 30 minutos andando de su universidad, pero Zui nunca ha tenido ni tiempo ni ganas de darse un paseo por una de las zonas más interesantes de la capital.

Ésta es una de las realidades de la mayoría de universitarios chinos: su vida está en el campus. En una de sus citas más conocidas y más difíciles de traducir, Confucio hablaba de una de las reglas más importantes para mantener el orden social: “El príncipe debe ser como un príncipe, el ministro como un ministro, el padre como un padre, el hijo como un hijo” (君君,臣臣,父父,子子). En la China del siglo XXI, los universitarios son estudiantes y estudian.

En chino hay otra expresión que resume la vida en las universidades: “tres puntos, una línea” (sandian, yixian -三点一线-). Los tres puntos se refieren a la cantina, la biblioteca y la habitación. La línea hace referencia a las clases. Para la mayoría de estudiantes, ese es el resumen de sus años como universitarios: clases, cantina, biblioteca, habitación. Y todo dentro del campus.

Las universidades chinas son ciudades en sí mismas, con todo lo que cualquier universitario pueda necesitar, desde el alojamiento o la comida hasta peluquerías o tiendas de flores. La inmensa mayoría está rodeada por un muro de unos dos metros que impide entrar y salir a tu antojo: siempre lo tienes que hacer por las puertas de la universidad, que suelen tener entradas en cada uno de los puntos cardinales (norte, sur, este, oeste). Muchas de ellas, como Beida o Tsinghua, se encuentran lejos del centro de la ciudad y mal comunicadas (esto sólo ha cambiado desde octubre de 2009, con la apertura de una nueva línea de metro). Todo esto ayuda a crear un aislamiento evidente entre la ciudad de Pekín y la propia ciudad universitaria, como si vivieran de espaldas la una de la otra. Como comentaba Teresa Tejeda, profesora de español en la Universidad de Pekín durante un año: “mis estudiantes no saben nada sobre Pekín, sólo conocen Beida”.

Una de las personas que se dio cuenta tarde de este fenómeno es Michael Pettis, un estadounidense que ha recorrido medio mundo y ha sido profesor de Finanzas y Economía en las dos mejores universidades del país. En mayo de 2006 abrió el D‐22, un bar con estilo dedicado a potenciar la música alternativa de la capital china y que se encuentra justo entre estas dos universidades. “En Occidente, abrir un bar en una zona universitaria es garantía de éxito, porque son los principales clientes… En China no”.

Uno de los motivos más importantes para no salir del campus es el económico. Vivir en la universidad es muy barato y la mayoría de estudiantes no dispone de mucho dinero. En Beida, se puede vivir tranquilamente por unos 20 yuanes (2 euros) al día. No se gasta en transporte porque se puede ir andando o en bicicleta por todo el campus; la comida es tan barata que salir a cenar fuera de la universidad siempre significa multiplicar por dos, por cuatro o por seis el presupuesto.

Pero, a parte de los motivos económicos, la razón verdadera reside en la mentalidad de los estudiantes. Su objetivo principal es sacar buenas notas y seguir ascendiendo en la dura lucha por una vida mejor. En Beida, la carga de estudio deja muy poco tiempo libre a los estudiantes. Como universitarios, estudian. Todo lo demás es secundario. “La mayoría de jóvenes de 25 años todavía parecen niños pequeños”, dice la profesora Bang, que es muy crítica con la enseñanza en China. “No han tratado con la gente, sólo se han dedicado a estudiar desde pequeños. Por fuera han crecido, pero por dentro todavía son unos niños. Este es el problema de la educación”, afirma con rotundidad.

Una de las pocas estudiantes de la Universidad de Pekín que decidió salir de esa burbuja es Leticia (por su nombre español), recién licenciada en Filología Hispánica, quien después de pasar un año de intercambio en México comprendió que la vida en Beida no era lo que ella quería.

Leticia, originaria de Heilongjiang, llegó a la mejor universidad de china fascinada por su prestigio. Como tantos otros jóvenes, la carrera no era lo importante. Lo que contaba era estar en Beida. “Al principio me gustó mucho”, dice mientras recuerda su primer año en Pekín. Nada más llegar, se dio cuenta de que todo el mundo se dedicaba exclusivamente al estudio y de que si ella no lo hacía se quedaba atrás. Por eso, se invadió del espíritu de Beida: “me esforcé tanto que no podía prestar atención a otras cosas, quería ser una más”, comenta mientras apura un vaso de cerveza y se dispone a encender otro cigarrillo. Cuando la conocí en mi primer año en Beida, Leticia no se atrevía a fumar delante de sus amigos chinos y siempre esperaba a que se fueran para echar mano del tabaco (en China todavía algunos no ven con buenos ojos que una mujer fume). Dos años después, le da igual lo que piensen los demás.

En su tercer año de carrera, como la mayoría de estudiantes de español de Beida, se fue al extranjero. En su caso el país fue México, un lugar donde se divirtió como nunca, hizo muy buenos amigos y “se enamoró de todos”. “En México vivía y estudiaba, podía hacer cosas que me gustaban y estudiar al mismo tiempo”. La pasión de Leticia siempre había sido el canto y la escritura, y en la universidad de México, donde la carga de trabajo no era tan grande y el ambiente muy diferente, aprovechó para volcarse en sus pasiones. Formaba parte del coro, conoció gente interesante y se metió de lleno en la música popular mexicana. “Me estaba divirtiendo y desarrollando, la vida era libre e ilimitada”, dice con un sonrisa enorme, como cada vez que recuerda su año en el extranjero.

Aunque Leticia ya se había sentido así antes, después de México comenzó a ver las cosas con mayor claridad: “Cuando volví me di cuenta de que la vida tiene que tener más cosas que estudiar”. México le permitió alejarse del ambiente de Beida y tener más confianza en sí misma: “Insisto en lo que quiero, no en lo que me diga la gente. Antes con el ambiente no podía explotar”, reconoce con una sonrisa enorme en su rostro y gesticulando con las manos, casi convertida en una latina. En Beida “no hacía vida, sentía que no era yo misma, no podía comportarme como quería”.

Cuando volvió de México, y después de cuatro meses viviendo en el campus, Leticia decidió salir de la universidad y alquilar un apartamento en la cercana zona de Wudaokou. Después de tanta independencia y actividades extra‐universitarias en México, se cansó de vivir con tres compañeras de cuarto y formar parte del ambiente estudiantil de la universidad. “Necesitaba más espacio”, “siempre he sido diferente”, afirma al compararse con unos compañeros de clase que llevan un estilo de vida muy distinto al suyo.

Tres años después de comenzar la universidad, Leticia se dio cuenta de que en Beida había demasiadas normas y modelos que todo el mundo tenía que seguir. En una educación en la que casi siempre se enseña a formar parte del grupo y nunca a ser diferente, Leticia sintió que no encajaba en ese mundo en el que sólo existían cantinas, clases y biblioteca. Hablando con ella en su nuevo apartamento de Wudaokou, uno percibe el hartazgo en cada una de sus palabras: “Lo peor de todo es que nadie se da cuenta”.

Para los extranjeros que estudian en Beida, el margen de libertad es más amplio y las condiciones materiales mucho mejores. En mi caso contaba con mi propia habitación y compartía el salón y el baño con otros tres estudiantes. Aún así, la universidad está tan lejos de todo lo que pasa en la ciudad y el ambiente es tan endogámico, que después de cinco meses el sentimiento de claustrofobia me hizo abandonar el campus. En Pekín estaban pasando demasiadas cosas que no quería perderme.

Beijing Rocks

En febrero de 2009, a unos veinte minutos andando de la puerta este de la Universidad de Pekín, Shiqi celebra su cumpleaños entre botellas de cerveza, regalos y canciones. Su apartamento, que comparte con su novia sueca y otra amiga extranjera, está tan lleno de invitados que cada vez que alguien pica a la puerta hay que hacer un hueco para que pueda entrar. Shiqi, recién Licenciado por la Academia de Cine de Pekín, se encuentra sin camiseta sentado en el sofá y tocando la guitarra. Cuando llega la tarta, y en un momento de la noche en el que el alcohol ya ha sido consumido con entusiasmo, uno de sus amigos le tira la tarta por encima. A continuación, uno a uno, hombres y mujeres van pasando sus bocas por su pecho desnudo para poder comer algo del pastel.

En toda la sala, uno descubre lo que se podría denominar como “los universitarios cool” de China: pelo largo, camisetas con mensaje, piercings y tatuajes. Casi todos pertenecen a escuelas de música o cine y tienen algún grupo de música o proyecto artístico. Muchos acuden a los bares más alternativos de la capital, como el D‐22, el Mao Livehouse o 2 Kolegas, donde los grupos de rock de Pekín tocan todas las semanas. No están tan preocupados por sus estudios como la mayoría de universitarios chinos, consumen alcohol y drogas, salen de fiesta y no se pasan la vida entre los cuatro muros de la universidad. Uno de los lemas vitales de Shiqi viene de una canción compuesta por él mismo: too drunk to care (demasiado borracho como para preocuparme).El contraste con los aplicados estudiantes de Beida no podía ser más radical.

“Aunque la mayoría de los jóvenes en China son todavía muy conservadores, un 10% o 15%, sobre todo en las grandes ciudades, no lo son”, dice Michael Pettis, que combina sus clases de Finanzas y Economía en la Universidad de Pekín con su negocio musical, el D‐22. Dos mundos que en muchos sentidos son opuestos: aunque el D‐22, con un programa excelente de conciertos, películas y otras actividades, se encuentra a tan sólo diez minutos de las dos mejores universidades chinas, Tsinghua y Beida, son muy pocos los estudiantes chinos que se acercan hasta el bar. La mayoría viene de otras universidades.

Pero en China pocas cosas escapan al dinamismo del país. “Hay una ola de cambio masiva que está sucediendo muy rápido. Cuando yo llegué aquí hace siete años, era difícil encontrar a un chico raro”, dice Michael, que es muy optimista respecto a lo que está pasando ahora mismo en China y el papel que están jugando sus jóvenes. “Dentro de 30 años, la gente en China va a pensar que esta época fue una locura… y la gente dirá: ojalá hubiera estado ahí”, dice mientras compara el fenómeno social que vive hoy el país hoy con el de Estados Unidos en los 60.

En comparación con España, como dice Taciana Fisac, directora del departamento de Estudios Asiáticos de la Universidad Autónoma de Madrid, el cambio social que está experimentando China se parece al fenómeno de la “movida” española durante la Transición. “La cultura está cambiando, la gente está cambiando”, asegura Michael Pettis, que llegó a Pekín de vacaciones y tras ver el movimiento cultural de la ciudad decidió mudarse a la capital china. Siete años después, se ha convertido en uno de los mecenas más importantes de los grupos de rock, con su propia discográfica (Maybe Mars) y el D‐22 como uno de los garitos referencia de la noche alternativa de Pekín.

Están pasando tantas cosas en tantas direcciones, que muchos hablan de Pekín como la Nueva York del siglo XXI. En una de las ciudades chinas donde el peso de la historia se siente con más fuerza, en los últimos años se han construido algunos de los edificios arquitectónicos más innovadores del mundo, entre ellos el Teatro Nacional, el Estadio Olímpico o la nueva sede de la CCTV, la televisión nacional china. En el mundo del arte, el conjunto de galerías 798, que creció en torno a unas antiguas fábricas a las afueras de la capital, se ha convertido en el referente por excelencia del arte contemporáneo chino. En cuanto a la música, Pekín también está a la cabeza de la innovación, con numerosas salas que han aparecido en los últimos años y nuevos grupos que surgen todas las semanas. En muchos aspectos, las grandes ciudades chinas están experimentando una transformación espectacular en el mundo de las artes y las estructuras sociales. Los universitarios chinos están a la cabeza de este cambio.

“Esto era impensable hace 20 años”, dice Shisi, el manager del Mao Livehouse, una de las mejores salas de música de la capital china. “Este tipo de locales pueden hacer cambiar al país, que la gente sea más abierta”, comenta mientras los jóvenes comienzan a llenar su local un sábado por la noche.

Entre estos cambios están también las relaciones de pareja y el sexo, que entre este grupo de jóvenes es muy diferente al de la mayoría de universitarios. A Shiqi, que ahora tiene una novia sueca que está estudiando chino en Pekín, los cambios hasta le parecen demasiado rápidos: “La gente ahora se acuesta con cualquiera y luego lo dicen como si nada, todo el mundo lo sabe”.

En la fiesta de cumpleaños de Shiqi está su mejor amigo, Lifu, estudiante en la Academia de Cine de Pekín, de la que han salido algunos de los mejores directores chinos (entre ellos Zhang Yimou, Chen Kaige o Jia Zhangke). Como para la mayoría de este grupo de amigos, el amor para Lifu no empezó en la universidad, sino mucho antes: perdió la virginidad con catorce años. Lifu también es un universitario atípico porque ha consumido drogas: comenzó a fumar marihuana con 16 años y a tomar éxtasis con 19. Ahora, con 22 años, intenta cuidarse un poco más: “Mi idea es que hay que probar todo una vez. Lo importante es no engancharse”.

Pero lo que mueve la vida de Lifu es la música y el cine. Su grupo de Rock se llama Oliver Manchester, una buena muestra de las raíces de su inspiración: el Reino Unido. Sus grupos preferidos son Oasis, Sex Pistols y Happy Mondays. Una de sus canciones, Sexy London, rinde homenaje a la capital del Reino Unido, en la que nunca ha estado pero de la que “se siente parte”. Con sus canciones, Lifu quiere mandar un mensaje todavía poco extendido entre la juventud china: “No pienses en el mañana, piensa en el ahora, ahora, ahora”, dice mientras se emociona y da golpes cada vez más fuertes sobre la mesa.

Al contrario que la mayoría de universitarios, Lifu vive y disfruta de Pekín. Hay pocos garitos por los que no haya pasado, desde las discotecas más grandes hasta las más alternativas salas de rock. Aunque siempre ha mantenido su habitación en la universidad, la mayoría de los días duerme en casa de algún amigo. Durante cuatro meses, Lifu prácticamente fue mi compañero de piso: el D‐22, uno de sus bares preferidos, estaba muy cerca de mi casa.

Aunque en China hoy el éxito casi siempre es sinónimo de dinero, Lifu se resiste a situarlo en el centro de su vida. “Lo importante en la vida no es el trabajo, es la felicidad y el amor, yo sólo quiero vivir de mi música, no necesito demasiado dinero”, afirma sin dudas. “Music is power, love is power”, dice en inglés intentando copiar el acento británico de algunos de sus amigos. Su última canción es una buena muestra de la filosofía detrás de la vida de Lifu: “Hagamos una fiesta, compartamos el amor, tenemos poder, tenemos amor, tenemos futuro”.

Lifu, Shiqi y cientos de otros jóvenes universitarios están a la cabeza de una ola de cambio que cada vez llega a más gente. No se consideran profetas de nada, pero luchan a su manera contra una generación que en general no sale del campus de la universidad, es pragmática y ha renunciado a sus sueños. Ellos siguen soñando.

Fuentes

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7 Comments

  1. juan carlos

    Hola me ha encantado tu trabajo sobre el sistema educativo chino. Me parece muy aclarador y sobre todo como finalizas que en China se encuentra un gran potencial humano que puede revolucionar el avance científicio y cultural de la Humanidad.

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  2. Gracias, Juan Carlos. Me alegro de que hayas leído todo el trabajo y sobre todo de que te haya gustado

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  3. genis

    Gracias por el reportaje y el blog en general. 

    Por cierto, teneís fotos de la ciudad universitaria en google earth, podríais colgarlas en el reportaje para que se vea el ambiente

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  4. Antonio

    Enhorabuena por el reportaje, me parece espectacular

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  5. David Vega

    Hola!

    Me ha encantado el artículo. Yo también estudié en Beida (llevo desde 2004 estudiando y trabajando en China, yendo y viendo de España a China). Es cierto que Beida es la mejor Universidad pero también ha cambiado muchísimo como Beiwai y otras. Es muy interesante conocer cómo han ido cambiando las aulas y las residencias (y encareciéndose) en estos últimos años. Yo le pongo el mismo paralelismo que con los trenes jeje.

    Todos hemos conocidos chinos (y sobre todo coreanos!) encerrados en Beida que piden su comida para que se la lleven a la habitación. Su devoción por el deporte como vía de escape es un tema también.

    Lo dicho, muchas gracias y un abrazo!

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    • Muchas gracias, David.

      Un abrazo!!

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