Educación

2 – Gaokao, el examen más importante del mundo

Nota: El siguiente texto forma parte del libro “Universitario en China. Así son los futuros líderes del país”, escrito por Daniel Méndez con el apoyo de la Fundación ICO. En él se analiza la evolución de las universidades chinas y la forma de vivir y pensar de sus estudiantes, intentando explicar muchas de las transformaciones que ha vivido el país en los últimos 30 años. Hoy ofrecemos el segundo capítulo, donde se analiza el examen de acceso a la universidad (el gaokao), la presión de los estudiantes y la educación secundaria. Actualización: puedes leer en ZaiChina todos los capítuloscomprar la versión impresa o hacerte con el libro para tu Kindle.


El 8 de junio de 2009, el mismo día que en España la mayoría de estudiantes empezaba la selectividad, diez millones de chinos se presentaban al gaokao (高考), como se conoce en China al examen de acceso a la universidad. El gaokao se parece mucho en sus formas y objetivos a la selectividad española, aunque su importancia en un país tan poblado y todavía en vías de desarrollo como China es inimaginable para cualquier joven español.

Los días previos, durante y después del gaokao, la noticia más importante en todos los medios de comunicación es el examen de selectividad. La mayoría de páginas webs tiene secciones especiales donde se publican los exámenes íntegros por provincia y materia. Los contenidos de las pruebas se convierten cada año en un tema de debate entre expertos y académicos. El periódico pequinés Xinjingbao (新京报) afirmaba que la pregunta de redacción del gaokao se había convertido en “un fenómeno cultural” y dedicaba tres páginas sólo a analizar esta pregunta el día después del examen.

Frente al instituto Beishida, en el centro de Pekín, todo estaba preparado en la mañana del 8 de junio. Cuando los estudiantes comenzaron a llegar desde las siete de la mañana, una ambulancia ya estaba lista para atender cualquier tipo de incidente. Algunas de las avenidas cercanas al instituto habían sido cortadas al tráfico para facilitar la llegada de los alumnos y reducir el ruido durante los exámenes, mientras la compañía de electricidad local había asegurado que no habría ningún corte eléctrico durante la prueba de comprensión oral de inglés. Los días previos, los medios habían previsto las condiciones meteorológicas que habría durante la selectividad y numerosos expertos habían llenado las páginas de los periódicos de consejos para los estudiantes: desde la dieta más equilibrada para hacer un buen examen (carne, pescado, fungus) hasta la mejor forma de evitar que la menstruación pudiera afectar el rendimiento de las mujeres.

A la puerta del instituto, uno de los padres, con camisa negra a rayas y playeros de hacer taichi, recordaba lo mucho que habían cambiado las cosas en China. “En mi época, durante la Revolución Cultural, no es que no hubiera universidad… es que no había instituto”. A sus 57 años, como casi todos los chinos de su edad, había pasado por tantas penalidades que la posibilidad de que su hijo entrara en la universidad le llenaba de orgullo. Aún así, las nuevas oportunidades de la China del siglo XXI también han traído nuevos problemas: “En tu país seguro que todo el mundo puede ir a la Universidad… en China no, hay demasiada gente”, decía mientras conversaba con otros padres. “Cuando yo era pequeño jugaba al fútbol… ahora los jóvenes ya no juegan, no tienen tiempo. Estudian diez años para estos dos días”.

En cierto sentido, el gaokao recuerda a los exámenes imperiales que funcionaron de forma intermitente durante 1.300 años en China. En los dos o tres días que duraban estos exámenes se seleccionaba a las personas de todo el país que estaban capacitadas para trabajar en el Gobierno. A pesar de que los ricos contaban con más posibilidades y las mujeres estaban excluidas, era una forma de dar oportunidades a los más pobres y de seleccionar a los funcionarios según sus capacidades. Hoy, el gaokao es el que juzga la calidad de los estudiantes, el que permite el salto a las mejores universidades y el que sigue fomentando un sistema basado en la meritocracia.

El periódico Nanfang Zhoumo (南方周末), uno de los más atrevidos del país, utilizaba una expresión china para definir el fenómeno del gaokao: “un espectacular ejército de miles de soldados y caballos atravesando un pequeño puente de madera” (千军万马过独木桥). Los estudiantes chinos de hoy son probablemente la generación mejor preparada de la historia, un ejército laborioso y aplicado dispuesto a ser la élite del país. Y, aunque las posibilidades de entrar en la universidad son mucho mayores hoy que hace diez o veinte años, el camino se sigue pareciendo a un pequeño puente de madera por el que sólo pueden pasar unos pocos. De los diez millones de estudiantes que tomaron el examen en 2009, sólo la mitad pusieron los pies en la universidad en septiembre. El gaokao se conoce como “la batalla por determinar tu futuro” y es seguramente el mayor examen del mundo y donde se decide la vida de más millones de personas.

Viñeta publicada por el Nanfang Zhoumo. Autor: Kuang Biao (邝飚)

¿Es el gaokao justo?

Aunque las provincias tienen cierto margen para modificar el examen y hay numerosas variantes, el gaokao adopta hoy lo que se ha llamado 3+X, un sistema que comenzó en Shanghai y Guangdong y que hoy es el predominante en el país. El número tres se refiere a las asignaturas obligatorias (lengua china, matemáticas e idioma extranjero ‐casi siempre inglés‐) mientras que la X se refiere a las optativas. Los estudiantes deben elegir una o dos asignaturas entre Política, Historia y Geografía (para los de Humanidades) o Física, Química y Biología (para los de Ciencias). Aunque hay muchas variantes regionales, en general la nota máxima del examen es 750. Para entrar en Tsinghua o en Beida casi siempre se necesita más de 650.

El gaokao es un examen nacional, casi idéntico para todos los estudiantes y donde la nota final es la única variante a tener en cuenta para entrar en la universidad. En un país tan grande y poblado como éste, es una forma bastante justa, sencilla y rigurosa de organizar el acceso a la educación superior. Aún así, a pesar de su supuesta uniformidad, hay numerosas excepciones que pueden hacer más fácil o más difícil la entrada a la universidad.

De todos los aspectos más desiguales del gaokao, el más importante es el regional. Los locales tienen preferencia para entrar en las universidades de su propia provincia, con lo que aquellos que viven en Pekín y en Shanghai, donde se encuentran los mejores centros educativos, son los más privilegiados del sistema. El corte de acceso se organiza por provincia o región autónoma, de tal forma que los estudiantes compiten sólo con los de su propia zona administrativa. Esto provoca que los aspirantes de unas regiones tengan más posibilidades que otros, aunque sus notas sean iguales. En el año 2009, por ejemplo, mientras en la provincia de Zhejiang el 80% de los estudiantes haciendo el gaokao encontrarían una plaza en la universidad, en Henan tan sólo lo conseguirían el 56%. Aunque la nota del gaokao es lo único que cuenta para entrar en la universidad, ésta no vale lo mismo en todas las regiones.

Esta diferencia entre provincias provoca en muchas ocasiones la mudanza de los estudiantes, que deciden cambiar de región para hacer allí el gaokao y aumentar sus posibilidades de entrar en una buena universidad. Kevin, un recién licenciado por la Universidad de Xian y originario de Henan, lo tiene claro: “Cuando tenga un hijo lo inscribiré en Tíbet para que tenga más posibilidades de ir a la Universidad”.

Algunas regiones gozan de cierta autonomía a la hora de modificar los exámenes, y es por todos conocidos que en Tíbet y Xinjiang el gaokao es más fácil que en el resto del país. También hay algunos casos excepcionales que pueden dar puntos extra, entre ellos formar parte de una minoría étnica (en China se reconocen 55 minorías étnicas que suponen más o menos el 8% de la población total del país), ser un deportista de alto nivel o dominar un instrumento de música.

Estas ventajas han provocado todo tipo de irregularidades, desde la falsificación de documentos para formar parte de una minoría étnica hasta presentar a otros estudiantes para realizar pruebas deportivas o musicales. En un mundo tan competitivo como el chino y donde hay tantas cosas en juego, cualquier resquicio se puede aprovechar para mejorar la nota final.

Pero el gaokao no es un examen que se pueda preparar en un año, con lo que la diferencia de oportunidades aparece mucho antes. Al igual que pasa con las universidades, en China hay institutos buenos (los llamados zhongdian gaozhong -重点高中-), normales y malos, y la entrada en ellos se consigue a través de un examen que se hace a los 15 años, el zhongkao (中考). En muchas ocasiones es este examen el que decide el futuro de los niños. “Si entras en un mal instituto ya te puedes olvidar de ir a la Universidad”, comenta Kevin, que consiguió entrar en uno de los mejores institutos de Henan y aún así no consiguió acceder a una universidad de primera categoría.

Aunque la nota en ese examen es lo que suele marcar la entrada en uno u otro instituto, hay muchas otras variantes que pueden ayudar a mejorar una mala nota. En un comentario recogido en el semanal Nanfang Zhoumo, una de las lectoras se quejaba de las dificultades a la hora de matricular a su hijo en el colegio: “Para ir a la oficina de una escuela un poco buena se necesita acudir con el poder de la familia en las manos, fuerza económica y contactos sociales”. “Las tasas asustan: cada cuatrimestre cuesta más de 3.000 yuanes (300 euros), con lo que al cabo de un año cuesta más que la universidad”. En los institutos de élite, los mejores estudiantes pagan unas tasas mínimas, pero aquellos que no son tan brillantes lo pueden suplir con yuanes. Con dinero y contactos, llegar a la universidad es más fácil en China.

Para los que todavía tengan alguna duda, China ha dejado de ser un país comunista en casi todos los sentidos, también en la educación. La aparición de institutos de primera e institutos de segunda, algunos de los cuales cobran tasas que superan los 10.000 yuanes (1.000 euros) al año, dejan en la cuneta de la educación superior a millones de niños de quince años con menos recursos. Guo Guangdong (郭光东), periodista del Nanfang Zhoumo, se quejaba de las ventajas de los más ricos y las desigualdades que provoca el actual sistema educativo. “La entrada o no en las mejores escuelas desde pequeños provoca la división en dos estratos sociales”. “Para conseguir el ideal de justicia en educación hay que acabar con todas las escuelas especiales”.

Niños sin infancia

Cuando en julio de 2009 fui como voluntario a enseñar inglés al instituto de Feicheng, en la provincia de Jiangxi (sur de China), organizamos una actividad en clase que se llamaba “Nosotros cambiamos el mundo”. Después de escuchar la canción We change the world, de Michael Jackson, los estudiantes debían salir a la pizarra y decir qué es lo que les gustaría transformar de su vida. La propuesta estaba abierta a cualquier cosa. Por un día, ellos cambiaban el mundo.

Durante los tres días que había estado dando clases en este instituto, me había dado cuenta de que cinco o seis de ellos (todos chicos) se sentaban al fondo de la clase y no prestaban demasiada atención. Uno de ellos respondía al nombre de Harley, y por su aspecto, casi de estrella incipiente de rock, su nombre podría estar inspirado en la famosa marca de motos. Con el pelo siempre alborotado y una mirada oscura, Harley no era de los estudiantes más disciplinados, pero sí de los más inteligentes. Durante la actividad “Nosotros cambiamos el mundo”, Harley tomó las riendas de su grupo, salió frente a la clase y se despachó a gusto: “Quiero cambiar el instituto y la educación en China. Quiero tener más libertad. Nos mandan demasiados deberes, estamos cansados”, dijo muy nervioso. A su lado, sus cuatro compañeros de grupo asentían en silencio.

Cuando le pregunté a Shiyue, un compañero de la Universidad de Pekín con el que compartía la enseñanza de este grupo, me respondió sin sorpresa en la mirada: “Muchos estudiantes se sienten así, todos sienten lo mismo. Sobre todo los chicos. Las chicas son más obedientes”. Al día siguiente, y ante mi desánimo al darme cuenta de que estábamos enseñando a estudiantes que en realidad lo que querían era irse a sus casas y estar de vacaciones, Shiyue me siguió explicando este fenómeno con normalidad: “Están muy cansados… no deberían hacerles levantarse tan pronto. Pero tienen que obedecer a sus padres. Esta es la tragedia de los jóvenes en China”.

La presión que sufren los niños en escuelas e institutos es un drama silencioso extendido por todo el país. En la lucha por una vida mejor, la educación es vista por muchos como la salida natural (muchas veces la única), y la competencia con tantos millones de estudiantes provoca situaciones impensables para los padres y niños occidentales. Los jóvenes chinos reciben la presión de un sistema educativo competitivo y elitista, donde desde pequeños se intenta entrar en las mejores escuelas e institutos para después acceder a las mejores universidades. Reciben la presión de sus padres, que tienen depositadas todas sus esperanzas en su hijo único. Y reciben la presión de sus profesores, que en muchas ocasiones son juzgados (y pagados) por la cantidad de estudiantes que llegan a las mejores universidades.

Los estudiantes de este instituto de la provincia de Jiangxi, en un campamento de verano que combinaba el entrenamiento militar, la preparación para las olimpiadas matemáticas y las clases de inglés, se levantaban todos los días a las cinco y media de la mañana. La primera actividad del día era la educación física, que duraba una hora. A las siete desayuno y a las ocho clase de inglés, a la que muchos llegaban ya cansados. Sus días estaban repletos de clases, actividades y deberes hasta las nueve de la noche. Esto es un campamento de verano en China.

Como tantos otros adolescentes, los estudiantes viven en los dormitorios del instituto, situado a las afueras de la ciudad. Esta es una situación frecuente en muchas regiones chinas, sobre todo en el campo, donde a los quince años muchos abandonan la casa de sus padres para vivir en las habitaciones del instituto con tres o cinco estudiantes más. En el campus no hay televisión ni Internet y en épocas de examen se prohíbe hasta la utilización del móvil. Las relaciones amorosas están prohibidas. El objetivo es evitar cualquier tipo de distracción del estudio.

El instituto de Feicheng entra dentro de los institutos especiales del país, aunque no es ni mucho menos el mejor de la provincia. En 2009, dos estudiantes entraron en las dos mejores universidades (uno en Tsinghua y otro en Beida) y sus nombres están escritos en enormes tiras rojas en el edificio principal. Es lo primero que ven los estudiantes al entrar al instituto, donde abundan las referencias y fotografías de Beida y Tsinghua. Este ambiente, junto a la presión de padres y profesores, forma parte de la experiencia colectiva de la mayoría de adolescentes chinos.

Entrada principal al instituto de Feicheng. Las tiras rojas a izquierda y derecha hablan de los estudiantes que el año anterior entraron en Beida y Tsinghua.

La paranoia por conseguir el máximo rendimiento de los estudiantes llega hasta tal punto que, en la provincia de Henan, en un instituto de la prefectura de Sanmenxia, se avisaba a los estudiantes de la importancia de controlar sus necesidades para no tener que ir al baño durante las horas de clase. Uno de los profesores defendía la medida diciendo que se trataba de “aprovechar cada uno de los minutos de la clase” y que era “una nueva forma de aumentar la eficacia de los estudiantes”.

Zhang Li, originaria de Pekín, licenciada en español por la Universidad de Pedagogía y hoy coordinadora de las becas Asia Pacífico de la Fundación ICO, todavía se acuerda del gaokao. “Cuando estoy nerviosa todavía puedo soñar con el gaokao. Es una pesadilla. Normalmente estudiaba desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Después, al volver a casa, todavía tenía que estudiar más. Es durísimo, no te lo puedes imaginar”, dice ocho años después de haber hecho el examen.

En muchos institutos de China, sobre todo en el último año, no existen ni sábados ni domingos. Los estudiantes asisten a la escuela todos los días de la semana y cuando tienen algún día libre sus padres les suelen apuntar a clases de inglés, caligrafía o música. Feifei, una recién licenciada por el Conservatorio de China en la especialidad de erhu (el famoso instrumento tradicional chino de dos cuerdas), se quedó sorprendida con la presión que soportan hoy los más jóvenes cuando comenzó a dar clases privadas: “Hoy no dejan a los niños divertirse con otros niños, no tienen nada de libertad”. Una buena actuación en un instrumento musical puede sumar hasta 60 puntos al gaokao.

Qu Lan, una periodista y escritora de Wuhan nacida en 1952, desgranaba en un artículo de 30 páginas publicado en 2006 muchas de las críticas al sistema de educación chino. Junto al excesivo precio de las matrículas, el énfasis en la memorización y la enseñanza de conocimientos inútiles, la periodista criticaba la cantidad de deberes, exámenes y presión que soportan los estudiantes: “los niños de hoy tienen comida y ropa, pero no tienen infancia”.

El problema es conocido y reconocido por padres y alumnos, y son numerosos los documentales, artículos y vídeos que describen esta situación. Entre ellos se encuentra el vídeo de animación realizado por Kuangkuangkuang, “Explotar la Escuela”, donde un estudiante cansado y martirizado por los profesores intenta acabar con su colegio a base de dinamita. Otro de los más famosos en Internet es el corto de animación “Cerebro de Agua”, que muestra a los niños obligados por unos monstruos gigantes a estudiar sin descanso a golpe de látigo. El cerebro de los niños está lleno de agua, de tal forma que ésta se calienta con la presión del estudio y produce el vapor que alimenta de energía toda la ciudad. Estos dos vídeos son exageraciones llenas de ingenio, pero es una buena muestra de la presión que sufren millones de niños y adolescentes chinos.

Water Brain desde Johann.Poo on Vimeo.

Suicidios

La infelicidad provocada por esta carga de estudio es tan grande que los suicidios, al igual que en otros países asiáticos como Japón o Corea del Sur, están a la orden del día. El periódico Juventud China recogía en 2008 un estudio que afirmaba que la principal causa de muerte entre los jóvenes de 15 y 34 años en China era el suicidio, que copaba el 18% de las muertes. En Shenyang, en el noreste del país, un estudiante saltó de un cuarto piso después del primer día de gaokao en junio de 2009. El motivo fue que “no había hecho un buen examen”.

Esta presión sobre los más pequeños se ha intensificado en los últimos años, con la aparición de nuevas oportunidades, la competencia y los cambios en el sistema educativo. “Cuando yo estudiaba no había buenos y malos institutos, todos eran igual”, dice una profesora de la Universidad de Pekín que se licenció en 1992 y prefiere mantenerse en el anonimato. Entre los motivos para una tasa tan alta de suicidios entre los más jóvenes, ella responde con contundencia: “La culpa es de la educación y de la política del hijo único, que deja a los niños sin nadie con quien desahogarse y compartir sus problemas”. “Antes la gente se suicidaba por amor, ahora lo hace por la presión”.

Aún así, los estudiantes no lo ven como algo tan sorprendente. “No me parece una cosa tan extraordinaria”, dice Li Chen, que reconoce que todos los años se suelen suicidar en Beida dos o tres estudiantes. “Creo que es igual en otros países asiáticos… en otras partes del mundo las personas no se suicidan por estudios, pero aquí sí”, confirma Li Chen, que conoce, como todo el campus, que el lugar más habitual para suicidarse en la Universidad de Pekín es el edificio número dos de Ciencias.

Mucho más crítico con la gente que decide suicidarse es Baiyan, que primero estudió en la Universidad de Fudan de Shanghai y luego en la Universidad de Pekín. “Nuestra generación es una generación de hijos únicos, desde pequeños estamos demasiado mimados. Por eso no somos tan fuertes como nuestros padres”, dice cuando le pongo el ejemplo de un estudiante de máster en Beida que se suicidó en julio de 2009. “El tema de los suicidios hay que mirarlo desde este punto de vista: como en China hay tanta gente, la presión es mayor. Ese chico no fue lo suficientemente fuerte”, concluye sin un atisbo de pena.

Reducir la presión

Desde el Gobierno central hasta las provincias, numerosas instituciones están intentando rebajar la presión que sufren los jóvenes estudiantes. Durante los días previos al gaokao, los periódicos se llenan de consejos para aliviar esa presión, dirigidos a padres, profesores y alumnos. Todo el mundo reconoce que esto es un problema y que la presión es excesiva, pero la forma de solucionar el problema es mucho más complicada de lo que parece.

Durante los últimos años, el Gobierno central ha hecho un esfuerzo por garantizar los nueve años de escolarización gratuita en todo el país, una ley aprobada en 1986 pero que muchas escuelas e institutos se encargaban de esquivar. La Ley fue modificada en 2006 y pretendía asegurar la educación gratuita en todas las regiones del país, con especial hincapié en las zonas rurales más pobres para que los campesinos no tuvieran que pagar ni un yuan hasta que sus hijos tuvieran quince años. Frente a una década de los 90 que, dirigida por el presidente Jiang Zeming, tendió a la privatización y elitismo de las escuelas, la pareja Hu Jintao y Wen Jiabao, en el poder desde 2003, ha querido fomentar el papel del estado en la educación y abogar por una mayor gratuidad. La modificación de esta ley en 2006 ha conseguido la gratuidad paulatina de la mayoría de centros educativos hasta los quince años, lo que sin duda reduce la presión, favoritismo y elitismo entre los estudiantes de primaria.

En esta misma línea, el gasto público en educación ha aumentado en los últimos años, llegando en 2007 al 3,32% del Producto Interior Bruto (PIB) y con la intención de alcanzar el 4% en 2011 (una promesa que se lleva sin cumplir desde hace una década). La tendencia actual es la de aumentar el gasto en educación, aunque sigue siendo un porcentaje muy bajo del PIB en comparación con la mayoría de países y muchas veces este dinero va a parar a las universidades de élite y no a escuelas e institutos.

Numerosas ciudades y provincias también han aprobado leyes para rebajar la carga de trabajo de los estudiantes. En la provincia de Zhejiang, por ejemplo, se prohibió comenzar las clases antes de las ocho de la mañana y abrir los colegios sábados y domingos. En Wuhan, en la provincia de Hebei, se estipuló que sólo se podía hacer un examen por cuatrimestre y su duración no podía pasar de los 90 minutos. Muchas otras regiones han intentado reducir la carga de trabajo de los estudiantes y potenciar actividades fuera de las aulas, entre ellas ejercicios físicos, trabajos en grupo o visitas a lugares de interés de la ciudad.

Cuando se discute sobre la presión de los jóvenes en China, el principal acusado suele ser el gaokao. La educación en el país funciona casi siempre en torno a este examen, que extiende la carga de trabajo hacia abajo y potencia que sólo los mejores lleguen a la universidad. Aún así, y a pesar de lo injusto que en ocasiones pueda ser el gaokao, nadie ha propuesto una idea mejor. De hecho, en aquellas escuelas superiores donde el gaokao es secundario, como las de arte, música o cine, el sistema se ha llenado de corrupción y favoritismos.

Aparte de un sistema que en los últimos años ha tendido a fomentar institutos y universidades de élite, la presión sobre los niños chinos está muy enraizada en la cultura asiática y tiene que ver con estructuras sociales difíciles de cambiar. El fenómeno es conocido en otras regiones asiáticas como Japón, Corea del Sur o Taiwán, donde los jóvenes se enfrentan a una carga de trabajo similar. En China, la política del hijo único dota de una mayor gravedad al problema. En la mayoría de los casos los niños son el único hijo de la familia y todas las expectativas recaen en ellos.

Son precisamente los padres los que en muchos casos se encargan de añadir presión a sus ocupados hijos, ofreciéndoles recompensa si entran en las mejores universidades y haciendo todo lo posible para que vayan a los mejores institutos. En el Jiazhang Zhouli, un periódico dirigido a los padres de familia, se recogía un estudio del psicólogo Wang Jicheng que afirmaba que el 92% de los estudiantes creía que “si hacían un mal examen se sentirían muy mal por sus padres”. En una sociedad en la que el respeto filial se remonta a los tiempos de Confucio y donde la familia está por encima de muchas cosas, los padres son los primeros en hacer todo lo posible para que sus hijos tengan una vida mejor. El periódico estaba repleto de consejos de psicólogos y expertos hacia los padres para rebajar la presión de sus hijos, pero este aspecto social es imposible de controlar a base de leyes o regulaciones.

Imagen del instituto de Feicheng. En el cartel de la izquierda se puede leer: “Lucha por tus propios sueños, trabaja duro para conseguir la sonrisa de tus padres”.

La sociedad china ha cambiado tanto en las últimas décadas que la competitividad y el capitalismo son dos de las características más evidentes de la China del siglo XXI. Con más de 1.300 millones de habitantes, la competitividad es feroz en un país donde prosperar y ganar dinero se ha convertido en la prioridad número uno de los jóvenes. Sólo unos pocos cientos dentro de tantos millones pueden entrar en las universidades de élite. Hay que ser mejor que los demás. Y para eso hay que estudiar mucho.

Fuentes

- Todas las fuentes han sido incluidas en forma de links a lo largo del capítulo. Para más detalles, pues leer en ZaiChina todos los capítuloscomprar la versión impresa o hacerte con el libro para tu Kindle.

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20 Comments

  1. yuriD

    Interesante artículo. Muy bueno el dato de cuál es el mejor lugar para suicidarse en la Universidad de Pekín. A los que les interesa el tema universitario en China pueden también leer una encuesta que aparece en http://chinageeks.org/2010/05/cyol-survey-china-l

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  2. kaoto

    Fantástico

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  3. Roberto

    Me da pena saber que la educacion ya no es igualitaria en China. Deberian hacer ajsutes para permitir que todos accedan a la educacion. Si al Occidente le parece tan aberrante que haya educacion igualitaria para todos, deberian conservar sus escuelas de primera clase, pero garantizando que hasta los menos privilegiados tengan acceso a la misma educacion.

    Por otro lado no creo que la presion sea mala, es bien sabido que la falta de disciplina ha llevado en Occdidente al colapso de la sociedad. Pero por otro lado deberian darse a los estudiantes medios para lidiar con ello. Platicas con sus padres, orientadores, psicologos, tiempo libre, actividades recreativas y sociales , toda esa presion aliviada de forma adecuada puede dar buenos resultados.

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  4. Teresa

    Interesantísimo artículo, da pena que un sistema que está hecho de base para que todos tengan las mismas oportunidades de acceder a la universidad se corrompa así.
    Pobres niños que no tienen infancia. Yo tengo amigos que son profesores de inglés en Shanghai  y les dan clase a niños (con edades desde tres años) todos los fines de semana.

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